'Amarás sobre todas las cosas', el sentir de las emociones |

‘Amarás sobre todas las cosas’, el sentir de las emociones

Crítica

The Way Out MagazineCine‘Amarás sobre todas las cosas’, el sentir de las emociones
noviembre 28 , 2016 / Escrito por Javier Rueda Ramírez / Cine /

‘Amarás sobre todas las cosas’, el sentir de las emociones

Si el trastorno bipolar no provocase una afectación tan importante en la estabilidad y personalidad del ser humano, podría resultar una dulce metáfora de los ciclotímicos biorritmos de la vida cotidiana. Pero no, se trata de una de las patologías mentales más severas. Chema de la Peña lo sabe muy bien, o al menos eso se desprende de su opera prima, Amarás sobre todas las cosas. Su película gira en torno al personaje de Teo de la Riva, un pintor y retratista que padece dicha enfermedad.

El respeto y la naturalidad son dos de las características que mejor definen la mirada del director hacia la fragilidad de Teo. Lo vemos deslizarse sobre un Madrid diurno y también nocturno, enamorarse y enamorar, reír y temblar. La propuesta fílmica está fijada sobre los asideros de la dualidad. Teo conoce a Ana, quien en un principio se sentirá fascinada por la personalidad del artista, para ir posteriormente conociendo poco a poco sus grietas. Espejos donde se reflejan por separado los dos miembros de la pareja y figuras dobles también en la representación espectral de sus soledades. Urbe y naturaleza, las imágenes duales no dejan de sucederse, funcionan como símbolos de la dicotomía mental y  predicen el quiebre final del protagonista.

Y aunque al film se le pueda reprochar cierto ensimismamiento en los planos conceptuales; playa, bosques, naturaleza (que remiten al estilo Malick) queda la solidez de la historia. Cuando las tensiones laborales (es un pintor sin trabajo) y personales (la visita de su padre activa tensiones) inciden sobre la fragilidad de Teo, la pareja se desintegra dejándolo a este desnudo, solo y desprotegido en los pasillos del psiquiátrico. La culpa final de Ana por haberle abandonado, la ambigüedad de la narración y el enigmático desenlace, dejan en el espectador sensaciones e ideas. La sensación de haber experimentado el desconcierto y confusión propia del trastorno bipolar y la idea de que su director es un creador que merece seguir en un futuro. No está en el nivel de brillantez de La herida (Fernando Franco, 2012) pero sí es una película lograda.

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