Athina Rachel Tsangari, el espacio antropológico

Reportaje

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diciembre 20 , 2016 / Escrito por Redacción TWO / Cine /

Athina Rachel Tsangari, el espacio antropológico

Jesús Villaverde Sánchez / Antonio Sánchez Marrón

El cine griego de los últimos años despierta una serie de condicionantes propicios para el estudio del ser humano. La praxis humanística de la cinematografía helena ha sufrido los cambios que la sociedad ha ido recibiendo. Un país envuelto en conflictos casi permanentes, con notables estrecheces presupuestarias pero cuya cinematografía ha sabido encontrar la manera de transformar esa problemática en una definición de la identidad propia.

No son pocos los cineastas griegos que han exportado su talento fuera de las fronteras del país. Michael Cacoyannis, Constantin Costa-Gavras, Dinos Dimopoulos, Alekos Sakellarios, Theo Angelopoulos y, ya en la contemporaneidad, Yorgos Lanthimos, Ektoras Lygizos, Alexandros Avranas, Argyris Papadimitropoulos o la cineasta que, con mayúsculas, ocupa estas líneas: la ateniense Athina Rachel Tsangari.

El conocimiento humano

A través de una filmografía que incluye tres largos, un medio y dos cortometrajes, Tsangari ha construido sobre sí misma una definición de la identidad griega en su más aproximada condición de germen de la civilización actualmente conocida. No es casual que tanto en Attenberg (2010) como en Chevalier (2015) la cineasta demuestre, de una forma irónica y radicalmente surrealista, qué delimita los confines del conocimiento en sus más primigenias acepciones. El ser humano frente a su sexualidad, en sus relaciones con sus congéneres, Tsangari trata a sus personajes como animales provistos de un raciocinio en permanente cuestionamiento.

Tal y como Sir David Attenborough apunta en sus trabajos documentales (de los que se muestran numerosos fragmentos a lo largo del metraje), Tsangari parece querer dar forma a la explicación humana de los distintos modos de comportamiento en connivencia, no ya con la propia existencia, sino con el entorno que rodea al ser humano. La inminente pérdida del padre de la protagonista, un negacionista de los avances del siglo XX, un arquitecto que deja un legado de miseria visual y frialdad edificada, será la piedra de toque para una joven que proviene del más absoluto fracaso de una sociedad con más interrogantes que certezas. Para ello, la cineasta utilizará con inteligencia ciertos referentes musicales. Desde el mito francés de la voz de Françoise Hardy, pasando por los revolucionarios Suicide hasta terminar en una de las personalidades más absorbentes de la cultura contemporánea, el cantautor norteamericano Daniel Johnston.

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Ariane Labed en ‘The Capsule’ (2012), mediometraje de Tsangari inspirado en los trabajos de Aleksandra Waliszewska.

Athina Rachel Tsangari dibujó en su mediometraje The Capsule (2012) un proyecto enmarcado dentro del Deste Fashion Collection que se viene celebrando desde 2007 en el Benaki Museum de Atenas con la presentación de trabajos de artistas como Helmut Lang (2009) o Patrizia Cavalli (2010). En el proyecto de Tsangari, presentado en 2012, siete jóvenes permanecen encerradas en una mansión alejada de cualquier noción conocida de civilización con el fin de practicar rituales que yuxtaponen conceptos de puro surrealismo con una visión un tanto crítica del maniqueísmo con el que el caníbal universo de la moda termina extrayendo la personalidad de quien cae en sus redes. Influida por los trabajos de la artista polaca Aleksandra Waliszewska, la cineasta coloca a sus personajes en un límite emocional que evoluciona hasta límites irracionales, alejados de la comprensión tradicional en un primer plano.

The Capsule muestra, en una de sus secuencias, una clarividente manifestación (aunque por naturaleza surrealista) de ese canibalismo que nace entre los seres humanos siglos atrás cuando se evidencia la necesidad de competir entre sí. Las jóvenes, situadas una frente a otra, giran sus cabezas y oponen sus cuerpos a los de sus antagonistas. Su actitud es violenta, exagerada, animal. Su intención es devorar a sus contrincantes amenazándose entre ellas con posturas imposibles. La aparición de animales en determinados momentos de la película ayuda a concebir la relación que el humano establece con su entorno, dejando de lado una constreñida definición de humanidad.

Su último largometraje, Chevalier (2015), muestra una notable crítica al machismo exacerbado en el momento en que el hombre, siempre como ente individual, en oposición a los demás animales ante los que muestra algún ápice de interactuación se preocupa de competir entre sí mismos. Seis hombres se encierran en un yate a dirimir cuál de ellos obtendrá la gran recompensa, un anillo con el que poseerlos a todos. El director portugués Miguel Gomes, en la tercera entrega de su trilogía Las mil y una noches (2015), confiesa abiertamente que el ser humano precisa de espíritu competitivo para mantener su ego satisfecho. Chevalier va más allá y contrapone distintas personalidades en las acepciones más básicas y primigenias del hombre: comer, dormir y el sexo. Quien mejor ejecute las tres acciones, será el vencedor. Habrá un alfa que se sentirá orgulloso. Y una omega con la que cerrar un alfabeto antropológico (y antropomorfo) en el que Athina Rachel Tsangari ha desarrollado un trabajo infinitesimal sobre el papel del ser humano en un tiempo determinado dentro de una galaxia incontestable de un alcance espacio-temporal inabarcable.

El espacio hermético

Los entornos cerrados siempre ofrecen un buen caldo de cultivo al estudio de las comunidades, la identidad o la idiosincrasia grupal. Más allá de la mirada antropológica, la cineasta griega parece muy consciente de esta oferta. El cine de la ateniense cierra una puerta para dejar abiertas múltiples ventanas desde las que observar comportamientos. Toda su filmografía reside en el espacio escaso que ofrecen los espacios cerrados. Su cámara se siente cómoda en ese hermetismo. Y su discurso recibe esos frutos que van de la individualidad al estudio de lo colectivo.

Desde la familia hasta la feminidad o la masculinidad, parece que la directora helena está dispuesta a contemplar todas las instituciones que le sean posibles. Su ópera prima, la inédita The Slow Business of Going (2001), ya indagaba en las posibilidades que conceden los espacios limitados. Athina Rachel Tsangari se inmiscuía en los encuentros que mantenían dos escritores en habitaciones de hotel. La distancia ya obtenía presencia a través del humor y la acidez que ha mantenido la autora en sus siguientes largometrajes. Como muestra, la confirmación que supuso su segundo largometraje. En una línea similar a la que transitaba Yorgos Lanthimos en Canino (2009), obra en la que Tsangari ejerció como productora, Attenberg (2010) indaga en la volatilidad de los vínculos familiares a través de una mirada retirada de su objeto desde su posición espinal en el espacio hermético. En este entorno, una casa de la que la protagonista apenas sale, la puesta en escena se limita a contemplar las acciones de sus personajes. No hay voluntad de enjuiciamiento, solo tarea de observación. De la misma forma que ocurre en sus dos últimas obras, el díptico formado por el mediometraje The Capsule (2012) y el largo Chevalier (2015). Mujeres, hombres y viceversa. Quizás el programa doble formado por estos dos trabajos consiguiese regalar la definición más precisa de cómo concibe el cine la autora. En la primera, el espacio sellado se conforma entre las paredes de una escuela de jóvenes modelos. El surrealismo se apodera de la propuesta, pero el discurso es mucho más coherente con el resto de la filmografía de su autora de lo que aparenta a simple vista. En el segundo caso, un barco ejerce las veces de cámara oscura. Con la excusa de unos días de relajación en altamar, Athina Rachel Tsangari ofrece una mirada tragicómica entre lo documental y la ficción sobre la vigencia (o todo lo contrario) de la exaltación de los valores masculinos. Nuevamente, la cámara de la firmante se cierra en torno a sí misma y al espacio para convertir esa aparente libertad del mar en enclaustramiento.

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Fotograma de ‘Chevalier’ (2015), el último largometraje de Athina Rachel Tsangari.

Athina Rachel Tsangari deja al que mira autonomía para juzgar. No hay juicios de valor ni moralinas inherentes a su obra. De las acciones surgen las conclusiones. “Yo no hago psicoanálisis, hago cine”, dice en una entrevista concedida a Criterion. Y tiene razón. El análisis lo llevará a cabo el observador una vez vistos los comportamientos. No obstante, se intuye en su cine, más allá de la vocación meramente fílmico-narrativa, una concepción del encuadre como testimonio de la época en la que se filma. Aunque alejada del juicio, se aproxima a los problemas y conflictos de la época actual. Así, en el hermetismo de Chevalier podremos leer una crítica subvertida a la cerrazón del machoalfismo y de la sociedad heteropatriarcal que ha llevado a Grecia a una de las crisis identitarias más agresivas de su historia, en Attenberg, un acercamiento al mecanismo complejo de las relaciones familiares en la sociedad actual, mientras que The Capsule se acerca a la crítica de la mujer como objeto de admiración al servicio de un sistema preestablecido (las chicas se preparan en la escuela de moda para “gustar” al resto, para ser “la mujer ideal”). Tal vez de ahí provenga el surrealismo afectado que acompaña todo el metraje y que, como ya explicamos, hunde su raíz en el trabajo artístico de la citada Aleksandra Waliszewska. La idea que subyace al poner en el mismo plano las declaraciones aludidas de la cineasta y su obra cinematográfica es sencilla, pero derrocha elocuencia: que no exista pretensión de psicoanálisis no veta la visión crítica de la sociedad desde la que crea.

De lo corporal a lo espacial: los cortometrajes

En otro sentido, además de los largometrajes anteriormente analizados y del mediometraje The Capsule, Tsangari posee una serie de cortometrajes con los que ha ido definiendo una evolución espacial. Analizados sus trabajos desde los puntos de vista de la antropología en relación con la concepción espacial de su cine, Fit (1994), The Benaki Museum (2013) y 24 Frames per Century (2013) sirven como conclusión para el trabajo arquitectónico e imaginativo de Tsangari.

Los tres cortometrajes evolucionan desde una perspectiva espacial: de lo más ínfimo a lo más amplio. Desde la identidad basada en el propio cuerpo plasmada en Fit hasta el diálogo mantenido en 24 Frames per Century entre los dos proyectores, en una roca aislada en mitad de ninguna parte (próxima a la manera de The Capsule). Una estructura que parece evocar una circunferencia donde cualquier avance es imposible, donde el horizonte no es más que una mirada hacia atrás. Del propio cuerpo a la construcción arquitectónica donde se enmarca The Benaki Museum hasta encontrar el significado del ejercicio regresivo (casi nostálgico) de dos proyectores que iluminan la nada con la riqueza de los fotogramas que ven pasar. Al final, una de las grandes voluntades del cine siempre fue arrojar luz sobre aquello que contempla.

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