‘Black Mirror 3×03: Cállate y baila’, los rostros del miedo

Crítica

The Way Out MagazineSeries‘Black Mirror 3×03: Cállate y baila’, los rostros del miedo
octubre 25 , 2016 / Escrito por Antonio Sánchez Marrón / Series /

‘Black Mirror 3×03: Cállate y baila’, los rostros del miedo

El ir a trompicones, unidad a unidad, permite detenerse en las impresiones que cada capítulo de la nueva temporada de Black Mirror sacude en la individualidad del espectador. Cállate y baila se convierte, al menos de momento, en el capítulo con mayor capacidad de movimientos viscerales, retornando a la consabida tradición de una ficción más cercana a la realidad que al resto de factores narrativos de los que cine y televisión suelen (o pueden) presumir.

El episodio dirigido por James Watkins ejecuta mejor que su predecesor el factor miedo. Fundamentado en la sensación de hundimiento de la propia vida por cometer actos impuros en torno a las posibilidades morbosas que ofrecen los instrumentos audiovisuales contemporáneos, Cállate y baila se convierte en un análisis de primera mano del desasosiego más absoluto. No desde un punto de vista externo sino como una sensación que nace propiamente de quien ejecuta ese propio sentimiento. Todo en primera persona. Todos los personajes que aparecen en el capítulo padecen esa fría sensación, ese estremecimiento de culpa, de destrucción, algo que cualquier elemento que proceda del exterior no puede (por mucho miedo que ocasione) conseguir.

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La acción primigenia va desencadenando diversas consecuencias. Y así sucesivamente. Cada persona que entra en contacto con el joven protagonista va entrando en un juego anónimo en el que todo el mundo es el perdedor. A lo largo de todos los capítulos vistos, Charlie Brooker anima al espectador a empatizar con la huida que promueven todos los personajes protagonistas. Todos y cada uno de ellos utilizan sus vehículos en determinados momentos de la trama para comenzar una nueva vida, para enfrentarse a sus miedos o para buscar soluciones a determinadas emociones que han quedado desoladas.

Brooker y Watkins aciertan con el tono y el tratamiento de las diversas capas narrativas en las que los cincuenta minutos de episodio se van transformando. La interacción entre todos los personajes evoca aquellas aventuras en las que el propio lector decidía qué sucedía si elegía una u otra página, intentando desembarazarse del peor de los desenlaces. El argumento quizás suene a manido. Un asesino ordena a su víctima a través de un teléfono que haga o deshaga el mundo que le rodea. Una especie de Simon dice reconvertido a la manera Black Mirror en un agujero social que desnuda los temores constantes e irredentos del ser humano contemporáneo.

El placer solo es una excusa para esconder el miedo y determinadas inseguridades. Las pulsiones más primigenias del ser se convierten en elementos de culpabilidad cuando las consecuencias escapan a lo que siempre se pretende poseer: el control total y absoluto de cualquier resquicio de la existencia. El hombre crea huellas que es incapaz de borrar. E Internet ha sido una herramienta ejemplar para que este Gran Hermano en el que se ha convertido la sociedad explore cada rincón de la intimidad destapando todo tipo de vicios y virtudes. Cállate y baila juega con la muerte con habilidad en casi cualquier esquina. Resulta tópico expresar lo típico. Pero en ocasiones la destreza favorece la maestría. Solo en ocasiones.

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