‘El pastor’, elogio de la dignidad

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‘El pastor’, elogio de la dignidad

“¡Oíd ahora, ricos! Llorad y aullad por las miserias que os vendrán.”

Santiago 5:1-6.

La frase con la que Jonathan Cenzual abre El pastor es premonitoria. Anuncia. Revela. Prepara. Es un aviso de lo que vendrá a continuación: una historia de resistencia y dignidad. Un pastor se niega a vender las tierras donde trabaja y vive a una constructora que pretende realizar una urbanización de lujo en ese suelo. A la manera de la Doña Clara con la que Kleber Mendonça Filho y Sonia Braga fascinaron en el festival de Cannes de hace dos temporadas, el protagonista de este film se erige como un símbolo de lucha de clases, de resistencia ante los monstruos cotidianos.

Jonathan Cenzual coloca la cámara en torno a las personas que componen su retablo. Sin demasiada afectación (pese a ciertos usos reiterativos de la composición musical), el dispositivo planteado por el director propone una mirada hacia la rutina de Anselmo, únicamente acompañado de su perro Pillo. Una aproximación a una vida rural de austeridad en la que no son necesarios ni el teléfono ni la televisión y en la que todo gira en torno a las ovejas. Hasta que entran en juego los depredadores.

El pastor tiene el equivalente a sus lobos en los tiburones de traje y corbata. Cuerpos desalmados que no dudan en amenazar, extorsionar y sembrar rivalidades entre vecinos para hacerse con el control de la zona y poder así sacarle beneficio. Como dice la mujer de uno de los implicados: al final todo es dinero y el dinero es solo eso, dinero. Tan sencillo y tan lleno de complejidades. A estas alturas del relato, Cenzual ya ha puesto sobre la mesa varias ramificaciones de gran interés. Destaca, entre todas, el acercamiento al problema que supone el proletario autoconvencido (o no tan auto) de que ya es clase media. El cineasta se atreve a lanzar una mirada sobre la forma en la que somos engañados para que pasemos por el aro del sistema a toda costa.

Y precisamente eso es lo que diferencia a Anselmo del resto de vecinos: que él no pasa por ahí. El personaje principal de El pastor es un trasunto del working class hero de manual; un hombre que rechaza miles de euros y una vida de supuesta prosperidad para no perder de vista sus raíces. Para hacer gala de su dignidad como bandera. Es entonces cuando la maquinaria oscura y grisácea del sistema empezará a mover el barro, a presionar y a elevar una escalada de violencia que Cenzual consigue dosificar a través del ritmo de su puesta en escena.

A El pastor le faltan varios enteros para consolidarse como una película sobresaliente, pero se le perdonan sus muecas (algún desliz interpretativo y una excesiva incidencia musical). La obra del autor salmantino es un ejemplo de que, a veces, con menos se puede hacer más. De que la dignidad, por mucho que esos ricos a los que Santiago recetaba el llanto, no se compra. Se tiene o nunca se obtiene.

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