‘El círculo’, Orwell revisitado

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‘El círculo’, Orwell revisitado

En el inicio de su tercera temporada, la serie Black Mirror (Charlie Brooker, 2011-?, Channel 4-Netflix, Reino Unido) se apuntaba una alegoría gris sobre el poder de las redes sociales como prescriptoras de la dictadura del sharing y el liking. Como exacerbado culto a la personalidad y confirmación del exhibicionismo como way of life. El yugo de la felicidad ineludible, en definitiva, frente a la burbuja de privacidad tal y como la hemos conocido. Así, el episodio titulado Nosedive (Caída en picado en su traducción) seguía, a su manera, la estela de las distopías clásicas.

En El círculo, James Ponsoldt también introduce una reflexión lateral sobre el poder exorbitante de las redes sociales. El cineasta se apoya en la novela de Dave Eggers, mucho más sólida en sus argumentaciones, para hablar de cómo adaptamos nuestros ritmos a ese nuevo espacio colectivo en lugar de favorecer que sean ellas las que se adapten a nuestras necesidades. Porque, en esencia, la nueva obra del artífice de The Spectacular Now (2013) comienza como una interesante reflexión sobre “el nuevo mundo feliz”. De esta forma, el conglomerado multinacional que contrata a la protagonista Mae Holland se puede entender como la última gran red social, la que aúna toda la esencia de los demás. El servicio definitivo. Una marca para gobernarlos a todos.

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El planteamiento esconde incontables reflexiones. Debates, sin duda, pertinentes y actuales. Así las cosas, en El círculo se dan cita la mirada hacia los peligros del uso tecnológico que ya existían en la ficción televisiva citada (Black Mirror) con las sociedades distópicas y tendentes al Gran Hermano, pero no tan alejadas en esencia del presente, que mostraban obras tótem como 1984 (George Orwell) y Un mundo feliz (Aldous Huxley) o sus traslaciones a la ficción actual como Person of Interest (Jonathan Nolan, 2011-2016, CBS, Estados Unidos), que incorporaba ciertos dilemas del siglo XXI a las propuestas de base.

Con una puesta en escena muy cercana a lo que ofrece la teleficción creada por Charlie Brooker, Ponsoldt encierra a sus personajes en la alegoría de un futuro probablemente no tan lejano. Un mundo gobernado por la tecnología, en régimen dictatorial, en el que las fronteras de lo íntimo ya no existen y cada persona es solo una encuesta de satisfacción. Una época próxima que perfectamente podría estar comenzando a cimentarse en el presente. Sin embargo, en su intento por abarcar todos los grados y esquinas de este nuevo mundo hiperconectado, el director se empeña en lanzar preguntas que, en muchos casos, no termina de responder e, incluso, desarrollar de forma atractiva. Bajo la capa superficial, eso sí, queda el duelo. La batalla dialéctica (y finalmente no tanto) entre esa Mae Holland (Emma Watson) y Bailey, el CEO de la compañía, la viva imagen de la corporación y sus afilados dientes interpretada por un Tom Hanks entre lo brillante y lo histriónico. Una lucha sobre la cuerda entre el individuo y el sistema. Como la propia película, que hace equilibrios sobre el alambre que separa el triunfo de la fantasía circense del fracaso y la caída a la red.

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