‘La cordillera’, apología del hombre común

Crítica

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septiembre 28 , 2017 / Escrito por Antonio Sánchez Marrón / Cine /

‘La cordillera’, apología del hombre común

Todos somos arroyos de una sola agua”. Con esta cita, Patricio Guzmán abría la que, hasta el momento constituye su último testimonio: El botón de nácar. Una idea que nace de las reflexiones que provoca saberse rodeado por una frontera natural con más de tres millones de kilómetros de extensión y cuya altitud media supera los 4000 metros. Un continente, Sudamérica, cuya espina dorsal separa culturas, naciones, pueblos, sociedades. Los Andes, en su trazado a través de Chile y Argentina construye una frontera natural (y política) entre dos países hermanos, unidos tanto por la tierra que traza sus caminos como por las aguas que serpentean sus valles y lagunas. Santiago Mitre sitúa su última ficción en el corazón de aquella cordillera. Un lugar donde, al mismo tiempo, todo pasa y nada sucede. Donde se evocan divisiones de todos los tejidos y donde las sociedades nacen como único remedio ante la soledad del infausto blanco que cubre los picos más elevados.

Un presidente se encuentra abocado a uno de los momentos más decisivos de su carrera política. No son pocos los frentes que se abren en la carrera de un hombre que llegó al más alto designio del poder estatal argentino siendo tan solo un “común”. Santiago Mitre convierte La cordillera en una paradoja de lo común, en un esfuerzo por alcanzar la anormalidad, por pervertir y retorcer elementos hasta convertirlos en una sombra, en un espejo, en la oposición a las apariencias.

La cordillera es una película estilosa. Pero las preguntas y reflexiones que el director planteaba en sus anteriores filmes, El estudiante (2011) y Paulina (2015) ahora se convierten en cabos que permanecen sin atar. Cuestiones que no devuelven respuestas, cuya solución se encuentra oculta tras capas de recuerdos tapados por mentiras. La cordillera muta desde el thriller político más puro (con grandes momentos de cine de género, siempre con la mirada de Ricardo Darín respondiendo con su mirada común a los grandes asuntos de un país) hasta el drama psicológico (la aparición de Dolores Fonzi) y cuyas presunciones de respuesta desaparecen en el mismo momento en que Alfredo Castro libera el péndulo que hace rotar la máquina de la memoria.

Mitre construye dos películas unidas por un montaje inteligente, llevado con brío por un director empeñado en hacer política con su obra. Es decir, con ocultar aquello que parece evidente, con desdeñar las primeras respuestas que sobrevienen a la mente, provocando lecturas que cambian y mutan tanto como la propia película. En La cordillera todos intervienen, en forma de arroyo, para crear esa agua que cambia constantemente su cauce, sobrevenida por aquello que empuja su caudal. Santiago Mitre deja abiertas las puertas para entrar en un (excesivamente) laberíntico despliegue de emociones. La cordillera, pese a su inefable brillantez técnica, termina convirtiéndose en una irregular fractura de sensaciones.

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