‘La dulce ciencia’, Boxiana o la ciencia de los moretones

Crítica

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‘La dulce ciencia’, Boxiana o la ciencia de los moretones

Quizás sea el boxeo el deporte que más relato haya generado en la historia de la Literatura. Quién sabe si por ese hálito maldito o de bajo fondo en el que el espectador podía ser testigo de aquello que podríamos llamar “la verdadera humanidad”. Apenas unos segundos después de sumergirse en las primeras páginas de La dulce ciencia, uno comprende que está ante el relato de un amante incondicional del boxeo. Abott Joseph Liebling toma el testigo de su ídolo periodístico, Pierce Egan, un escritor que en 1813 se asoció a George Smeeton para publicar Boxiana, el primer libro de boxeo de la historia, compuesto por varios tomos en los que se recogía la técnica, la mística y la crónica de las primeras peleas de la época.

En La dulce ciencia, volumen recopilatorio escrito entre 1951 y 1956, en plena Edad Dorada del Boxeo, aunque para su autor lo eran los años 20, asistimos a una demostración de virtud y mirada. Una crónica boxística que, dado el estilo lírico de su autor, sobrepasa el cuadrilátero. Liebling hunde su mirada en todos los ámbitos del boxeo. El periodista no se limita a seguir la pelea en el ring, sino que opta por atender, con absoluta entrega, a los días previos, el ambiente y la atmósfera, el público, las apuestas o la prensa. Sus crónicas prestan más atención a todo lo que rodea al boxeo que a la propia pelea, que suele despachar con escasos dos o tres párrafos. Porque a esa dulce ciencia también le sirve el axioma de Enric González que asegura que “llamamos fútbol a un juego y a todo lo que rodea a ese juego”. En ese “todo lo que rodea al juego” se detiene, con aguda capacidad observadora, el periodista norteamericano.

Así, bajo las letras del reportero se intuye una metodología periodística basada en la observación, interpretación y narración de los hechos. El estilo de Liebling es lírico y prosaico, más cerca del humo del tráfico y del sudor de las frentes contendientes que del vino y los cartones de apuestas de las élites. Cuando leemos sus piezas somos conscientes de que estamos ante una crónica de un hecho real y auténtico; y sin embargo, sus reportajes se pueden leer como una fantástica antología de relatos boxísticos que podrían tener su base en la ficción. La dulce ciencia supone, entre otras cosas, la demostración de que, sí, el periodismo también es literatura.

  1. J. Liebling baja al barro, acude a los vestuarios, se entrevista con los púgiles. Su idea es, sin lugar a dudas, ofrecer un campo de visión panorámico al lector. Que no quede nada entre bambalinas y que el lector pueda ser testigo de lo que él ha podido ver con sus ojos. Hay que tener en cuenta, por otra parte, que en los tiempos en los que Liebling iba de combate en combate, la televisión todavía no había fagocitado la incertidumbre y el relato ficticio o imaginado que se genera en la mente del lector de crónicas. Ya lo anunciaba, en esa línea, el propio escritor: la televisión dinamitará el deporte y lo convertirá solo en espectáculo (¿acaso no ha ocurrido igual con la política o la economía actuales?). Setenta años después de la publicación del libro, el boxeo ha perdido prácticamente la atención del respetable, que solo se moviliza cuando hay una gran pelea, de esas que mueven los millones de las apuestas y las bolsas de los deportistas (el Floyd Mayweather vs. Manny Pacquiao del año pasado, por ejemplo). Más espectáculo que pelea, más marketing que boxeo. Lo que Liebling predecía en ese alarde de inteligencia y nostalgia preventiva de un futuro peor.

Más allá del ring, lo que compone Liebling en este conjunto es la infracrónica de los Estados Unidos más lóbregos y olvidados. Los bajos fondos, las calles, los pubs, las carnicerías en las que trabajaban los púgiles o los gimnasios de barrio en los que los chavales veían la oportunidad de escapar de sus contextos y se convertían en lo que el cronista denomina “boxeadores tiesos” (aquellos que no tienen para comer y pelean para conseguir un futuro). Todo eso comparece en las líneas de Liebling, en las que resuenan grandes narradores como John Cheever, Raymond Chander, Charles Bukowski o, incluso, otro amante de la dulce ciencia como Ernest Hemingway.

Poco a poco, Liebling ofrece una mirada que establece la diferencia entre el boxeo amateur y el institucionalizado o que consigue un relato cronológico (gracias a la edición) en el que los personajes y las peleas y revanchas se van solapando ofreciendo una solución de continuidad de carácter muy novelístico. Por otra parte, esta estructuración como cronología de hechos dibuja la obra de Liebling también como la propia crónica de su carrera periodística, que avanza de la mano de la historia del boxeo y de los púgiles como Rocky Marciano, Joe Louis o Sugar Ray Robinson. Nombres que ofrecieron la alternativa al joven Muhammad Ali, todavía Cassius Clay en las dos crónicas que Liebling escribió para The New Yorker una vez editado este volumen en 1956, pero que epilogan esta magnífica edición de Capitán Swing, y en las que se empiezan a vislumbrar los rasgos característicos de ese boxeador que, en palabras del dueño de uno de los primeros gimnasios donde deslumbró, “te pica y te pica, te pega y te pica. Hasta que no sabes dónde estás”. No importa, para eso escribía e investigaba A. J. Liebling: para poner en contexto y detallar con sus palabras, metáforas y lírica la crónica, atmosférica e histórica, de la noble ciencia. El vilipendiado arte de la demolición.

La dulce ciencia. A. J. Liebling. Capitán Swing. Traducción de Enrique Maldonado. 376 páginas. 19 €.

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