‘Fences’, los problemas con el cine

Crítica

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febrero 23 , 2017 / Escrito por Antonio Sánchez Marrón / Cine /

‘Fences’, los problemas con el cine

Es impensable que Denzel Washington, en su condición de cineasta, haya sido capaz de entregar un producto desprovisto por completo de aquel lenguaje con el que está trabajando. El teatro y el cine son métodos complementarios, utilizan recursos comunes. Pero los lenguajes que se establecen en el diálogo visual y entre personajes difiere sobremanera entre uno y otro. Fences parece querer adaptar la totalidad de la obra de August Wilson pero Washington se olvida del medio con el que está estableciendo un diálogo y ofrece un conjunto cinematográfico que obedece a la más absoluta pesadumbre.

El actor, convertido en Fences en director y productor, pretende emular a todos aquellos que trasladaron las obras de teatro al cine. Se trasmuta en el Mike Nichols que puso los focos sobre la relación tormentosa entre Richard Burton y Elizabeth Taylor en ¿Quién teme a Virginia Woolf? (1960), al John Wells que retrató las diatribas de una sacrílega cena en Agosto (2013) e, incluso, en el Kenneth Branagh que adaptó, de manera literal, la totalidad del texto de Hamlet (1995). Todos ellos huyeron de confundir cine con teatro, utilizando a su servicio la riqueza de las imágenes y las virtudes de la cinematografía para convertir sus metrajes en obras de una importancia capital. Ya sea para bien. O bien para mal.

fences

Denzel Washington utiliza Fences para perpetuarse en pantalla durante la práctica totalidad del metraje. Su primer acto, además de reiterativo, ofrece una larga sucesión de parlamentos con los que el actor luchará por defenderse en mitad de lo que intenta reflejar. Béisbol, mujeres y una larga lista de pecados. Un hombre que, constantemente, trata de justificarse a sí mismo, cuya presentación ya invita a tratar de introducirse en su pasado. Washington, en los pocos momentos en los que utiliza el cine para su beneficio, ofrece una visión de dos compañeros (y a la postre, amigos) con demasiadas cosas ocultas, con una encubierta prolongación de errores que no tardarán en emerger a la superficie.

Más de la mitad del metraje tiene lugar en el patio trasero de la casa donde reside con su esposa (complejo el papel de Viola Davis) y donde pasa sus días, entre trago a una botella de ginebra y una pelota de béisbol que pende de un hilo. Fences pedía a gritos la omisión de tanta teatralidad. Pedía contexto, reclamaba imagen, que la fuerza visual del drama narrado obtuviese justa respuesta. La cámara vive anclada a los rostros de quien emite la línea de guion en cada momento. No hay opción a imaginar el lugar donde viven, las necesidades por las que pasan, las características que definen tanto el pasado como el futuro que el personaje de Denzel Washington se empeña en reiterar una y otra vez. La película argumenta también el derecho a teorizar sobre la brecha generacional entre padre e hijo, aunque los diálogos entre ellos parecen impostados y faltos de la verdadera naturaleza que provoca la incomprensión.

Es imposible que el director de Antwone Fisher haya sido capaz de mostrarse tan apático sin una razón de peso. Quizás en la traslación al teatro de la obra de Wilson todo encuentre una excusa con la que terminar dando la razón al planteamiento. Pero la conversión en elemento cinético exige una mayor implicación de los elementos en el resultado final. Y Fences pasa de puntillas. Como la vida de la protagonista, interpretada con maestría por Viola Davis, y ante la que tantas veces muestra su rechazo a lo largo de la película sin proponer solución alguna. Más de dos horas de metraje que se convierten en una tortura para espaldas sensibles. Un pecado que apuntar a la lista de un actor cuya trayectoria ha transitado entre los senderos de la irregularidad y el éxito total.

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