‘Las furias’, el infierno más cálido

The Way Out MagazineCine‘Las furias’, el infierno más cálido
noviembre 11 , 2016 / Escrito por Jesús Villaverde Sánchez / Cine /

‘Las furias’, el infierno más cálido

El mito asegura que “las furias” representan los conceptos de venganza y castigo contra los crímenes. La leyenda advierte, además, de que su verdadera vocación es mantener el orden cívico y religioso imperante, siendo especialmente vehementes contra todo lo que signifique un crimen o atentado contra la institución de la familia y persiguiendo a los causantes hasta que se vuelven locos. En el inicio de su ópera prima, Miguel del Arco hace que el abuelo de María, Leo, le cuente a su nieta esta historia mitológica. Como una suerte de relato iniciático.

Años después, ya adolescente, María acudirá a una reunión familiar en la casa de costa que poseen los Ponte Alegre. Su abuela, dueña ahora de la finca, la quiere vender para pasar sus últimos años viajando y, antes de la venta, Héctor, el progenitor, propone un encuentro como celebración de su boda con Ana. Unos días de convivencia que sembrarán la espita de la tragedia en un entorno genealógico ya de por sí presto a ella, como recuerda la propia novia en una de las secuencias: “El gen de tu familia es puro drama”.

La ópera prima de Miguel del Arco se compone como un fresco teatral cuyo peso recae, obviamente, en las interpretaciones. Una aproximación casi dramatúrgica (el origen del autor se impone) a la familia burguesa leída como una institución profundamente volátil. Para los protagonistas de la obra, el apellido es el infierno que no elegimos. Y por tanto, aquel del que nunca terminamos de salir. Un abismo que nos mira con una sonrisa. Por eso, tal vez, en sus momentos de mayor lucidez Las furias sugiera a nuestra mirada que vuelva a obras tan semejantes y dispares entre sí como Celebración (Festen; Thomas Vinterberg, Dinamarca, 1998), Agosto (August: Osage County; John Wells, Estados Unidos, 2013) o incluso El desencanto (Jaime Chávarri, España, 1976). Podríamos decir que, en este caso, la disfuncionalidad planteada por el cineasta español se sitúa mucho más cerca de la agitación y el nerviosismo que propone el estadounidense que de la mirada documental y más íntima del veterano autor madrileño o del experimentalismo y el sarcasmo de la ópera prima del Dogma danés.

Las furias se desinfla a medida que avanza su metraje hasta llegar a un final tan extremo como inverosímil. El director transita de la sugerencia y el intimismo –los interiores cerrados del principio– al exhibicionismo y el griterío ensordecedor que embadurna y lastra la propuesta hacia su último tramo. Del sugerente y perdurable grito sordo de las furias en la primera imagen del film no queda nada a su conclusión, cuando volvemos a verlas, en ojos de María, en la cumbre de un acantilado. Por el camino, los excesivos subrayados han despojado al dispositivo visual de su potencia narrativa. Las imágenes han dejado de hablar y ya solo lo hacen los personajes; constantemente, eso sí. El espacio íntimo de los conflictos y los silencios, en el que funciona mucho mejor la cinta, doblega su voluntad en favor de la exhibición de caracteres, egos y personalidades. Una vez desnudos los problemas vertebrales, Miguel del Arco solo puede observar cómo Wells se despide desde la lejanía de un Vinterberg que se aleja cada vez más hasta quedar como un simple recuerdo referencial. Una instantánea perdida. No existe infierno más cálido que la familia.

Sigue leyendo...