‘A Ghost Story’, el silencio me habla de ti

Crítica

The Way Out MagazineCine‘A Ghost Story’, el silencio me habla de ti
noviembre 2 , 2017 / Escrito por Jesús Villaverde Sánchez / Cine /

‘A Ghost Story’, el silencio me habla de ti

“¿Está tu amante allí? ¿Está despierta o murió de noche y te dejó solo?”

I Get Overwhelmed. Dark Rooms.

A menudo, los silencios nos hablan de las personas que hemos perdido. Nos recuerda el vacío que ya no ocupan sus cuerpos. El dolor de la ausencia. Escribía John Verdon que la pérdida es “como el dolor de un miembro fantasma, un dolor insufrible en un espacio vacío”. Siguiendo la línea de esta metáfora, David Lowery parece aludir también al “tiempo vacío” en A Ghost Story. Ese tiempo que queda tras la muerte del ser querido. Un tiempo muerto –valga la redundancia– en el que todo sobra ya.

Desde su encuadre cerrado (un 4:3 de bordes redondeados; como de halo fantástico) y un certero uso de los silencios, el director de la notable En un lugar sin ley (2013) compone un poema visual en el que priman la delicadeza, el plano estático, la metáfora y la nostalgia. Un canto al amor y una mirada cargada de melancolía hacia el paso del tiempo. Y todo con un argumento tan banal como finalmente profundo: un músico muere en accidente de tráfico y, ya como fantasma, se instala junto a su mujer en el hogar conyugal. A primera vista, la propuesta del cineasta norteamericano tiene mucho que ver con la archiconocida Ghost: más allá de la muerte (Jerry Zucker, EEUU, 1990) y, sin embargo, pronto se deshará de ella y comprenderemos que, en realidad, todo un universo las separa.

Lowery escribe y dirige un largometraje que duele en la piel sin necesidad de utilizar punzón. Por su belleza poética y su sortilegio fantasioso, pero sobre todo por la naturalidad y la verdad que respira ese artefacto tan irreal como mágico. El creador se apoya en una sutil puesta en escena para deslizar una delicadeza que aplasta. Un mapa emocional dibujado en el rostro de agua de Rooney Mara. Lenta, de trazo fino, y repleta de pausa y símbolos, A Ghost Story sumerge a su interlocutor en un estado de embriaguez sensorial que termina reflexionando sobre el concepto del tiempo como regulador de la vida (y la muerte). Del amor como sentimiento inmortal. Hasta que la muerte nos separe (o nos ponga en planos espacio-temporales incompatibles).

El autor se abona al plano estático con el mismo ahínco con el que su fantasma busca rozar la mano de su amada, tan próxima y tan lejana a la vez. La fragilidad que destila la cinta se conjuga a la perfección con cada detalle de puesta en escena (la triple salida de Rooney Mara para subrayar el paso del tiempo, la nieve y el sol en la misma secuencia para lo mismo, etc.) y con la fabulosa banda sonora compuesta por Daniel Hart, que acompaña cada secuencia con la consagración de un familiar que despide a sus seres queridos. Todo desprende finura y elegancia en las formas de David Lowery. Para muestra, el detalle de “otorgar tiempo” a sus personajes para permitirles el adiós: un plano estático de varios minutos los muestra durmiendo juntos, abrazados, justo en la escena previa al accidente mortal. Una demostración del cariño con el que el americano se acerca a su relato y sus protagonistas.

Por otra parte, a través de sus movimientos sutiles de cámara, o de su estudiada colocación fija, la planificación de Lowery hace rimar su obra con nombres como el de Chantal Akerman, Terence Malick o incluso, más allá del cine, el de Gabriel García Márquez. En cierto modo, su película se circunscribe al realismo mágico auspiciado por el novelista colombiano. Sin embargo, más allá de las citas, existentes y tangibles, A Ghost Story consigue alzar la voz propia del cineasta tejano que ya se intuía en aquella En un lugar sin ley, en la que también trabajó con Casey Affleck y Rooney Mara.

Así las cosas, A Ghost Story pasa de la historia de amor inmortal a la reflexión meticulosa sobre el transcurso del tiempo (tal vez la clave del film esté en la conversación que mantiene un extraño en la fiesta ante la atenta mirada del fantasma. O quizás en todo el fragmento posterior en el que la Historia se regenera volviendo a su punto inicial). Una mirada hacia el interior y la intimidad de los personajes que se hace extensible a todos aquellos que la observan. Todos tenemos nuestros fantasmas, parece querer decir Lowery con esa conversación paralela entre espectros. Y cada uno los afrontamos de una manera. Igual que el dolor, la muerte, el silencio o los recuerdos. Esa memoria que, a veces regalo, otras castigo, nos permite estar más cerca de nuestras ausencias cuando las recordamos. Que casi nos permite rozar la sábana de su ausencia mientras escuchamos aquella canción. Que nos devuelve al momento inicial, cuando todo era presencia, haciendo alusión a la circularidad del tiempo y las emociones. Del amor. Hasta que la muerte nos separe. O tal vez todo lo contrario.

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