‘Una historia de locos’, las características de la violencia

Crítica

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marzo 24 , 2017 / Escrito por Antonio Sánchez Marrón / Cine /

‘Una historia de locos’, las características de la violencia

La República de Armenia pasa por ser uno de los territorios más importantes para la historia de la civilización. No ya por su situación geográfica, lugar de conexión y camino para aquellos que proceden de Oriente sino para los que convierten en lejana su mirada hacia Oriente. Un lugar a caballo entre culturas, que adoptó el cristianismo en el siglo III y cuyas tradiciones ha ido manteniendo con el paso de los siglos.

Robert Guédiguian, hijo de padre armenio y madre alemana, vira su cámara hacia la historia del país de sus raíces. En Una historia de locos separa su narración en dos partes intentando dotar de las máximas explicaciones posibles a una trama que precisa en todo momento de un necesario contexto histórico. El primer plano que se observa corresponde a un cenital tras el que se ve a dos hombres jugando a un gran ajedrez. Ambos están intercambiando ideas sobre la utilidad de la guerra, las consecuencias y los orígenes así como las implicaciones que el ser humano tiene unos sobre otros al entrar en conflicto. Mientras, ellos siguen moviendo sus piezas.

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Una leyenda, inscrita al comienzo del largometraje, vendrá a explicar que las guerras no tienen lugar en los despachos de políticos, reyes ni gobernantes de ningún tipo. Los verdaderos enfrentamientos tienen lugar en los sitios más comunes. Las familias, los niños, los jóvenes de cada lugar alimentan aquello que sirve de base para cualquier conflicto, sea de la tipología que considere. Sobre este precepto, Robert Guédiguian acepta convertir el genocidio armenio y sus consecuencias en una película donde todo comience con la representación más lúdica de la guerra: el ajedrez.

Sobre un blanco y negro elocuente y clasicista, el cineasta francés deposita el juicio a Soghomon Tehlirian por parte de un tribunal alemán. El joven, que con 25 años asesinó en Berlín de un disparo al dirigente turco Talaat Pasha, fue declarado inocente y absuelto de todos los cargos. Tehlirian ejecutó su venganza en nombre del pueblo armenio víctima de un genocidio que duró desde 1915 hasta 1923. Casi dos millones de personas murieron en deportaciones, torturas, campos de concentración y detenciones.

Guédiguian reflexiona, a lo largo de su narración, sobre la validez de la violencia al tiempo de justificar los actos más inhumanos que emanan de la más pura y legítima venganza. Resulta particularmente llamativo el título anglosajón de la película, Don’t Tell Me the Boy Was Mad, donde se efectúa una somera injerencia en la palabra que más se repite a lo largo del metraje: “loco”.

¿Hay que estar loco por un pasado que se sucede hasta en dos generaciones? ¿Merece la pena seguir reivindicando hechos que jamás serán resueltos sino por la llamada “ley del Talión”? ¿Hasta dónde llega la identificación por una patria más que la pertenencia a una familia? ¿Hasta dónde hay que estar dispuesto a llegar por sacrificar la propia vida? Robert Guédiguian se pregunta una serie de cuestiones que parecen hallar respuesta en la demoledora conclusión de la película. Los ojos impávidos de Ariane Ascaride verán caer, sin remedio, aquello que ha permanecido anhelando durante años.

El director acierta cuando pretende ejercer su vertiente historicista. La película ahonda en aquello que propugnaban los miembros del Ejército Secreto Armenio para la Liberación de Armenia, identifica a su protagonista a través de las imágenes que proyecta de la rebeldía de un joven inconformista. Ernesto Guevara, Marx, Lenin y hasta Bruce Springsteen (en sus años de mayor protesta). Una historia de locos se vuelve, a cada minuto, más real y menos fruto de la locura que arrastra un mundo en triste y permanente conflicto.

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