‘I am not Madame Bovary’, una mirilla hacia lo absurdo

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‘I am not Madame Bovary’, una mirilla hacia lo absurdo

Existen películas en las que la ejecución fagocita el contenido. Obras en las que la puesta en escena suprime por completo, o al menos difumina, el aspecto narrativo del conjunto. Es el caso de Yo no soy Madame Bovary, el último largometraje de Feng Xiaogang, que se hizo con la Concha de Oro y con el galardón a la mejor actriz (Fan Bingbing) en el último concurso oficial del Festival de San Sebastián.

Evidentemente, la cinta de Xiaogang entra por los ojos. Y es justo decir que, por méritos propios e imaginativos, se incrusta en las retinas de quien la contempla. Sin embargo, el efecto dura lo que tarda en agotarse el truco de los formatos. El cineasta chino compone sus imágenes con un reducido ratio de pantalla que, durante la mayor parte del metraje, muestra la imagen a través de un círculo que ocupa el centro del encuadre. La sensación es similar a la de espiar al vecino por la mirilla mientras espera al ascensor.

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Xiaogang se vale de este original dispositivo para ofrecer composiciones llenas de extrañeza, pero con un valor fotográfico digno de elogio. El director aprisiona a su protagonista en ese escueto marco para hablar de su periplo por la absurdez. Una absurdez que finalmente no será tan absurda, como revelará en el epílogo mediante un giro narrativo que, si bien interesante (la tesis sociopolítica del film reside en esa clave), se revela de una manera demasiado tramposa para con el espectador. Li Xuelian es una mujer que pugna con la justicia para que su divorcio sea invalidado. Una separación acordada con su marido que esconde una serie de propósitos y que adquirirá toda su dimensión cuando él vuelva a contraer nupcias con otra.

El escritor chino Lui Zhenyun adapta su propia novela al lenguaje cinematográfico con suerte desigual. El punto de partida ofrece un caldo de cultivo en el que se pueden dar cita tanto el drama como el misterio o finalmente la comedia. Y todos estos géneros son, en cierto modo, abordados por el guionista y el realizador en su trabajo. Sin embargo, la superficialidad y escasez de profundidad con la que se tratan los temas centrales, y sobre todo la inclusión de la trampa final, lastran una propuesta que va de lo interesante a lo procedimental.

En parte, Yo no soy Madame Bovary alza y cae debido a su puesta en escena. El juego de los ratios de pantalla se agota demasiado pronto, despojando a la película de ese primer impacto con el que sorprendía en el inicio. Así las cosas, la concepción del encuadre se percibe más como un capricho que como una precisión cinematográfica. Sobre todo cuando el autor de Assembly (2007) opta por cambiarla sin una justificación requerida por las implicaciones narrativas. Cuando forma y fondo completan, como los protagonistas, una separación irreparable.

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