‘La idea de un lago’, la historia y la Historia

Crítica

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‘La idea de un lago’, la historia y la Historia

“Yo no puedo contar la gran historia. Yo puedo contar la pequeña historia, y que esa historia se conecte con la historia del país”. Así de rotunda se mostraba Guadalupe Gaona cuando se publicaba Pozo de aire (2009), su poemario fotográfico de memorias. En escasas dos frases, la artista definía de forma elegantísima el sentido y las connotaciones de su trabajo. Ocho años más tarde, Milagros Mumenthaler recoge el testigo en La idea de un lago e imagina un film cargado de esas crónicas íntimas que, a modo de retazos, terminan por componer la cronología traumática de una nación como Argentina.

En una de las primeras imágenes de la película, una niña se acerca a la cámara y expulsa su aliento para empañar el cristal. La niña no es otra que la misma protagonista de la obra en un tiempo pasado. El movimiento de la directora revela un dispositivo cinematográfico puramente basado en los recuerdos, en ocasiones tan traicionera, pero tan poética como el mismo encuadre. A partir de entonces, la poesía se convertirá, como no podía ser de otra forma, en el vehículo para alcanzar la memoria y ajustar cuentas en dos direcciones, esos dos sentidos de la historia a los que aludía Gaona en su elocuente prólogo: “Me paro en la proa del bote, mi papá en la isla, un conquistador en malla, me da la mano. Mi mamá corre a buscar la cámara. Clic. Esta es la única foto que voy a tener sola con mi papá. El invierno llega más rápido de lo esperado y se lleva todo. El 21 de marzo de 1977 desaparece mi papá. Pero esa foto queda. Y muchas fueron las veces que revisé el cajón de la mesita de luz de mi mamá para mirarla. Es en la imagen que más confío”.

Milagros Mumenthaler incorpora a su puesta en escena todas las posibilidades que le ofrece una narrativa compuesta de evocaciones. Desde las mismas fotografías que se desvanecen en el paisaje hasta los fragmentos de video casero o las declamaciones que realiza Carla Crespo sobre el material escrito por la poeta. Así las cosas, todos los elementos aluden a esa ausencia paternal tanto como a la herida abierta de un país, que todavía supura. La idea de un lago es una mirada hacia la convivencia necesaria con los fantasmas, pero igualmente lo es hacia el hambre de recordar y la miseria de no poder perpetuar esos recuerdos. La plasmación de una ausencia interminable.

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La cineasta compone un delicado puzzle de tiempos y espacios. Sin embargo, la idea de la casa, del lago, cobra presencia frente al resto de estancias. Es de allí de donde proceden casi todas las remembranzas. Es allí donde la fantasmagoría familiar todavía cobra cuerpo en cada visita. Es allí, además, donde el limbo entre el mundo terrenal y el emocional se antoja más salvable. “Quiero estar entre tus cosas”, dice la canción de Daniel Melero con la que Mumenthaler concluye su cinta. En ese sentido, se puede entender La idea de un lago como una búsqueda emocional del progenitor desaparecido. Una indagación para la que la autora se apoya en recursos formales muy cercanos a la poesía. No sorprende la imagen de una niña nadando junto al coche verde que siempre fue asociado a su padre, puesto que se puede llegar a entender la invocación del objeto como alegoría de su poseedor. Asimismo, tampoco desafina la maravillosa y atinadísima secuencia en la que un hombre, visto siempre de espaldas, canta la nana lorquiana El lagarto está llorando sobre un fondo completamente negro, porque la retentiva también está compuesta de pequeñas emociones inconexas y, a veces, descontextualizadas.

“Saber de dónde venimos es el primer paso para saber quiénes somos”, reza un cartel en la clínica a la que la familia acude para comprobar si la identidad de unos cuerpos recuperados del agua se corresponde con la de su pariente. Han pasado cuatro décadas, pero la herida no se ha cerrado. Así lo atestiguan tanto el agujero legal en la situación del padre como los sutilísimos detalles que (des)componen el personaje de la madre, aún oficialmente casada y cuyo corazón da un vuelco al ver a un hombre con el mismo sombrero que portaba su marido. Así lo demuestra también una Argentina en cuya identidad siguen resonando los ecos de marchas militares. Somos y necesitamos ser memoria. El resultado de convivir con nuestras ausencias y compartirlas con los presentes. El equilibrio entre nuestras emociones, la razón y la pervivencia de lo fantasmagórico. Entre la casa que siempre será hogar y el bosque, como promesa de lo desconocido, lo arrebatado. Somos los pequeños relatos que configuran la Historia. Memoria, en definitiva; una luz que se enciende y se apaga.

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