‘La mano invisible’, las fuerzas del trabajo

Crítica

The Way Out MagazineCine‘La mano invisible’, las fuerzas del trabajo
abril 27 , 2017 / Escrito por Jesús Villaverde Sánchez / Cine /

‘La mano invisible’, las fuerzas del trabajo

En el año 2011, el escritor Isaac Rosa sorprendía con la publicación de La mano invisible (Seix Barral). En su sexta novela, el narrador sevillano aludía a la conciencia y la situación del “obrero que repite durante ocho horas el mismo gesto mecánico”. Para ello situó a varios peones ficticios (aunque podrían ser perfectamente reales) en un centro de trabajo algo peculiar. Una nave industrial abandonada en la que, a partir de una llamada, iban a desarrollar su labor habitual, con la excepción de hacerlo con público. Como una suerte de performance que pusiese a ese motor laboral que es el obrero de base frente a los ojos de la gente.

Con una estructura fragmentada, David Macián emula la arquitectura de puntos de vista con la que jugaba Rosa en su pieza literaria. Hay muchas voces, tantas como personajes: un carnicero, un mecánico, una limpiadora, una operaria de montaje, etc., y el realizador consigue trenzarlas en una sucesión de pequeños capítulos que alternan las entrevistas para acceder al puesto con la rutina diaria de este selecto grupo de trabajadores.

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El cineasta, que debuta en el largometraje con La mano invisible, se adhiere a las máximas desplegadas por el novelista en el material original. Sin embargo, el director adereza la propuesta de base con toques de estilo que aportan contundencia. La colocación de un fondo negro tras la acción contribuye a crear un espacio ambiguo, cargado de connotaciones, pero despojado a su vez de las mismas. El gesto es una declaración de intenciones: ese desconocimiento sobre lo que hay tras la acción principal deberá rellenarlo el espectador. Poco a poco y, en última instancia, con sus propias conclusiones. Pero también sirve al autor para destacar, precisamente, ese trabajo como único valor que alberga el individuo para con y desde el sistema. Y para ofrecer más aristas en su crítica a las corporaciones.

Más allá de cuestiones políticas (o no), en una secuencia del film los trabajadores contemplan una noticia sobre su contexto. El rotulo lanza una pregunta al aire: “¿Arte o experimento?”. Macián abre de esta manera uno de los muchos melones que pone sobre la mesa su adaptación. Cuestiones que ya estaban implícitas en el libro, y que en este caso rememoran las reflexiones de Intento de escapada (Miguel Ángel Hernández, Anagrama, 2013), otro título de la misma generación de la que podría salir otra cinta interesante sobre la relación entre arte, provocación, performance, trabajo… Así las cosas, La mano invisible ahonda con cierta lucidez en la sociedad del espectáculo imperante en la actualidad. El reality constante.

En otro orden de cosas, sería absurdo negarle a la ópera prima de Macías (como lo sería hacerlo con el texto original de Isaac Rosa) el condicionante de clase. Durante toda la obra, el espectador asiste a la reflexión sobre los límites y la dignidad del trabajo (disturbio incluido). Una idea que va mucho más allá cuanto menos evidente. La pregunta subyace durante todo el metraje; y son varias: ¿por qué somos capaces de consagrar nuestra vida laboral al beneficio de alguien que nos explota y abandonando la solidaridad entre compañeros? ¿Hasta dónde podemos asentir siempre y cuando haya una retribución? Y por último, ¿no perdemos la dignidad al tomar estas actitudes? No obstante, algo sí queda meridianamente claro: la única forma de responder estas cuestiones tiene que ver con la previa toma de conciencia de clase de todas esas manos invisibles que mueven el mercado. Y que, de permanecer unidas, en solidaridad, tendrían la capacidad suficiente para detenerlo.

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