‘Mimosas’, el largo viaje

Crítica

The Way Out MagazineCine‘Mimosas’, el largo viaje

‘Mimosas’, el largo viaje

Un viaje siempre tiene algo de espiritual. Al movernos, avanzamos, pero no solo en el campo de lo físico. Por eso se suele hablar del “viaje interior”, como una metáfora de ese aprendizaje, del contacto con nuestro yo interno que supone la idea de viajar. En Mimosas, Oliver Laxe cuenta un desplazamiento. Un tránsito que fuera de sus denotaciones básicas alberga innumerables connotaciones. Un recorrido que los protagonistas realizan para llevar a cabo el último deseo de su anciano Sheik, líder místico del grupo: ser enterrado en la ciudad de Sijilmasa. Para ello, la caravana tendrá que atravesar la montaña, inundada de peligros tales como los bandidos, las inclemencias orográficas y, por supuesto, el abismo de su propia fe.

Laxe se enfrenta a su largometraje utilizando los códigos del western y llevándolos a un grado superior en el que lo psíquico adquiere una magnitud casi inasible. De lo íntimo a lo inmenso. Quizás por eso, el creador franco-español componga su obra en torno a las dicotomías. La puesta en escena alterna constantemente el rostro y el paisaje, la noche y el día, la nieve y el desierto o el sonido y el silencio. En definitiva, la vida y la muerte. ¿Acaso no están al principio y al final de cada uno de los caminos que tomamos?

La espiritualidad se convierte en el motor narrativo de Mimosas. Todo gira en torno a la fe, su entendimiento y, por qué no, su total ausencia. La amalgama de perfiles elegidos por el director permite ofrecer una mirada panorámica hacia todos los estadios de misticismo. Con múltiples conclusiones, claro. Quizás por eso haya ocasiones en las que el camino se allane y otras en las que se convierta en una pared escarpada y llena de escollos. O la niebla crezca y decrezca según avanza la caravana. Todo lo que ocurre en torno al viaje tiene su relación con la fe y la forma que cada uno tiene de entenderla, recibirla y aceptarla o rechazarla. Las pruebas (tiroteos, fenómenos atmosféricos, etc.) son un símbolo del cuestionamiento hacia uno mismo.

No obstante, Oliver Laxe dispone sus elementos de tal manera que todos tienen cabida. Y voz. Hay una constante búsqueda de lo aséptico y lo integrador. El cineasta evita la necesidad de posicionarse. Simplemente mira, observa y sus ojos se convierten en un vehículo para la imagen y para los discursos. No hay vocación de juicio, sino una idea de trasladar la vastedad de la tierra como hogar que contiene todos los puntos de vista. Una concepción que consigue mostrar a través de las imponentes aperturas paisajísticas en los que se mueven los personajes, pequeños en relación con el medio. La sensibilidad fotográfica de Mauro Herce, autor de la apabullante Dead Slow Ahead (España, 2015), se coloca como una herramienta primordial en el desarrollo de la narración. La iluminación, el encuadre, la apertura del diafragma… cada una de las decisiones que toma el director de fotografía supone un avance en el retrato que hace Laxe de sus viajantes. Sin embargo, el majestuoso trabajo de Herce fagocita, en determinadas ocasiones, al resto de la obra, llegando a situarse en un plano diferente al resto del conjunto.

Mimosas es una película irregular. Como la vida misma. Un film que aboga sin ningún temor por los planos extensos en su temporalidad y la significación de las imágenes. Coexiste con la representación de la marcha exterior una mirada connotativa que cada observador deberá de decodificar según sus códigos. Si es que quiere hacerlo, por supuesto; si no, le queda el recorrido. Un camino lleno de obstáculos –como la vida misma, también– que podría mirarse en el espejo que ofrecen títulos recientes como Jauja (Lisandro Alonso, Argentina, 2014) o Lobo (Theeb; Naji Abu Nowar, Jordania, 2014) en su concepción de un western que traspasa fronteras. Un western espiritual (acertada definición de Luis Martínez) que nos propone una introspección. El camino está ahí fuera, pero el destino, a menudo, somos nosotros.

Sigue leyendo...