‘La muerte de Luis XIV’, el deceso de Dios

Crítica

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noviembre 22 , 2016 / Escrito por Antonio Sánchez Marrón / Cine /

‘La muerte de Luis XIV’, el deceso de Dios

5 de septiembre de 1715. Setenta y dos años después, Luis XIV de Francia muere en su lecho. Recostado, observado, interrogado y exhortado a cumplir unos preceptos vitales que el destino ya se ha encargado de negarle. Más de siete décadas de reinado que culminaron apagando una vida plagado de pompa, circunstancia, guerras y muerte. La suya propia dejaba atrás la gloria de Francia, liderada por un monarca al que la historia llamó El Rey Sol.

Pero ahora el sol sobrevive entre las sombras. Albert Serra compone una de las sinfonías pictóricas más importantes de los últimos años. Una película que comienza con el último paseo de un rey por los parajes que todavía son la mayor demostración de la gloria de su reinado. “El Estado soy yo”, dijo en una ocasión un monarca que ejemplificó en su figura el concepto de absolutismo. Serra se aprovecha de la fuerte personalidad de Luis XIV para contraponerlo a la definición de la propia existencia humana. El rey y su poder tienen que morir. La divinidad autoimpuesta debe caer. Y lo hace entre cofres de oro, una corte de médicos inútiles ante el curso de la naturaleza, ante el destino de la misma vida. Ante sí mismo y la negación ante la muerte.

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Con este recurso, el cineasta catalán construye uno de los planos más determinantes de La muerte de Luis XIV. Un plano fijo en el que un imperial Jean-Pierre Léaud sostiene una mirada plagada de una fuerza sobrenatural, un arrebato de ira que en cualquier momento puede estallar. Mientras, la Misa en Do Menor K. 247 traslada al monarca hasta un estado de letargo del que ya no podrá escapar. Mientras, la medicina lucha contra el espíritu. La ciencia experimenta, mediante la palabra y el poder de los actos, la sanación del rey. Éste, a sabiendas de su fin, asiste a sus últimas misas, toma los sacramentos y se prepara para lo inevitable. Pero contempla impertérrito el retrato que Charles Le Brun hizo de él décadas atrás, queriendo liberarse de las cadenas que le unen a la rendición y ante las que su mirada es la única que insiste en escapar.

Albert Serra juega a convertirse en un ser divino que proporciona o retira luz en los momentos críticos de un hombre de estado, esos que la Historia recordará prácticamente sin cuestionamientos de ningún tipo. La escenografía versallesca de la película conmueve, asiste al espectador a comprender la muerte como una interminable agonía, como el sufrimiento de un hombre que un día lo tuvo absolutamente todo y que hoy llora desconsolado por un vaso de agua. El director no abusa de los espacios, encierra al espectador y a la corte del rey en una estancia donde todos actúan como meros observadores ante un destino que juega a placer.

El monarca permanece en sus aposentos. De lejos, resuenan los tambores y oboes de la Fiesta de San Luis, en honor a Luis XIV. Su figura es enaltecida por el pueblo mientras éste desconoce el futuro de una Francia que quedó en manos, nada menos, que de su bisnieto. El Rey Sol no conoció la vida más allá de la suya propia. La práctica totalidad de sus hijos murió antes que él. Francia quedaba abandonada en manos de dos monarcas que propiciaron la Revolución. La muerte de Luis XIV fue también la muerte de un régimen. Pompa y circunstancia. La muerte de la gloria va seguida de una de las frases más brillantes del libreto de la película: “Señores, la próxima vez lo haremos mejor.” Larga vida al rey.

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