‘No sé decir adiós’, las luces en el cielo

Crítica

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‘No sé decir adiós’, las luces en el cielo

En una de las secuencias centrales de No sé decir adiós aparece Nathalie Poza fumando un cigarro en la terraza del hospital. Todo a su alrededor, en el fondo del encuadre, son ruinas. Un edificio camino de la demolición que representa y simboliza a la perfección el desvanecimiento que está teniendo lugar en el mundo exterior de la protagonista. Una vida, la de su padre, que se consume como un cigarro cada vez menos incandescente y provoca sentimientos encontrados.

Lino Escalera se desnuda y hace lo propio con sus protagonistas, dos hermanas que deben lidiar con la inminente muerte del padre. En su ópera prima en el largometraje, el director ofrece una película dividida en varias entidades. Por un lado, el vía crucis del padre –como siempre, magnífico Juan Diego–, devastado por un cáncer de pulmón cuyo final le aguarda ya en la primera esquina. Al otro, los dos duelos: el de Blanca (Lola Dueñas), que lidia con el conformismo y la fatalidad de aceptar el destino ineludible y facilitar el tránsito, y el de Carla (Nathalie Poza), incapaz de aceptar lo evidente, sumida en un descenso a sus propios infiernos y cuya huida hacia delante en busca de tratamientos para su progenitor no es más que un intento desesperado de propia-resurrección.

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La ruina de vivir un duelo que, por tiempos, aún no corresponde, pero que se sabe urgente. A veces empezamos a lidiar con la pérdida mucho antes de que se haga efectiva, ya sea a través de los miedos, de la enfermedad o de la presencia ausente. Todas estas emociones aparecen, de una forma u otra, en No sé decir adiós, que habla ante todo de la imposibilidad de naturalizar un evento extremadamente natural como la muerte. De la despedida y de todas esas palabras imposibles de decir que se atragantan como un pedazo de carne seca en la garganta.

Sin embargo, lejos del melodrama que aparentemente podría surgir de este planteamiento, Escalera ofrece una mirada llena de sobriedad, contención y respeto. Una muestra de ello sería el magnífico plano de cierre, sugerente desde el silencio y la mímica. No existe en la obra ningún gesto de más, ni un solo excedente lacrimógeno. Al contrario, el cineasta se permite incluso el humor que emana de los caracteres y las situaciones que atraviesan. Una idea que le sirve, además de para desdramatizar, para aproximar la trama y sus personajes al público. Al fin y al cabo, cualquier espectador podrá encontrar nexos con esta familia resquebrajada que, de pronto, debe lidiar con el invitado menos esperado en la mesa. Y con sus recuerdos (“las luces en el cielo”), anhelos, temores y huidas. Al fin y al cabo, de eso se trata la vida. Acumulamos recuerdos, miedos y escapadas. Vamos huyendo como podemos de la muerte y, al final, cuando descubrimos que nos ha ganado, tratamos de capitular con la mayor dignidad posible.

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