‘Personal Shopper’, los fantasmas contemporáneos

Crítica

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‘Personal Shopper’, los fantasmas contemporáneos

Varios mundos entran en conflicto en Personal Shopper. La última película de Olivier Assayas no deja de confrontar realidades (o todo lo contrario) en pantalla. El director francés indaga en los mecanismos de la contemporaneidad a través de una historia que habla de fantasmas, reales (?) y figurados, así como de los vacíos y agujeros en los que el sistema ejecuta sus comandos. En la primera imagen del film, Maureen llega a una mansión aparentemente abandonada. Pronto descubriremos que es una suerte de médium que busca contactar con su hermano gemelo, fallecido unos meses antes, a los 27 años, a causa de un ataque al corazón.

El anhelo de contacto sirve al cineasta galo para ofrecer una mirada hacia lo desconocido, una separación entre dos mundos que a veces se intuyen cercanos y otras antagónicos hasta supone el uno la negación del otro. Sin embargo, uno de los temas que late bajo esta necesidad de establecer nexos, más allá del dispositivo mágico-fantástico de la propuesta, es la propia necesidad de “fricción” entre personas en un mundo cada vez más despersonalizado. Assayas establece un paralelismo entre espectralidades a través de su protagonista, una mujer que apenas se relaciona con nadie, que vive en constante incertidumbre y cuyos vínculos se reducen al trabajo, una relación a distancia de la que sabemos por vía Skype y las conversaciones que mantiene con la novia de su malogrado hermano. Como un símbolo, Maureen recoge la idea de los dos mundos; no en vano una médium viene a actuar como “portal”.

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Con una estructura muy propia del director, capitulada mediante suculentos y estudiados fundidos a negro, Personal Shopper se mueve en un terreno indefinido. La sensación a la hora de mirar la cinta es la de hacerlo a través de un velo o entre las cortinas. Como desde una suerte de limbo que sirviese como frontera entre esos dos mundos. Quizás por eso la puesta en escena del autor ofrezca una constante incidencia sobre los reflejos (ventanas, espejos, etc.), que sirven al propósito de advertir sobre la realidad o irrealidad de lo mostrado en pantalla y ofrecer la posibilidad de una reflexión sobre quiénes y qué somos.

Una idea, la de la identidad, que acaparará buena parte del foco cuando entre en juego el primer y gran giro. Suena el móvil de Maureen y, entonces, comienza una conversación interminable y también fantasmagórica (¿acaso no lo son todos los diálogos virtuales que mantenemos a diario?) con un extraño que se antoja demasiado próximo. Olivier Assayas juega con el espectador mediante una disposición de elementos que alude claramente al thriller. No sabemos quién es el que habla, pero pronto comprendemos que tampoco importa tanto. El cineasta ya ha sembrado la semilla para que el espectador indague, piense, reflexione e incluso se pueda ver reflejado en la ansiedad y el nerviosismo que despierta esta situación en Maureen.

Así las cosas, en el tramo central, Assayas consigue ofrecer una mirada hacia lo que podríamos denominar thriller contemporáneo o digital; ¡qué miedo nos provoca encender el móvil y encontrarnos que está lleno de mensajes!, o esa proximidad tan lacerante que el móvil nos proporciona con todos nuestros contactos y que el director recoge a través de la cadena de mensajes que anuncian la llegada inminente del extraño (filmando siempre la pantalla). Así, Personal Shopper se constituye a sí misma como una reflexión pausada, detenida en un tiempo convulso, sobre las sociedades contemporáneas, una nueva aproximación a la tierra baldía en la que todos son –o somos– fantasmas. ¿Con cuántas personas sin rostro nos comunicamos al cabo del día mediante esa tabla ouija que supone el chat? ¿No sería relativamente sencillo plantearse su existencia o no con respecto a nosotros? ¿Somos también, en definitiva y a nuestra manera, espectros solitarios en busca de algo real? El artífice de Viaje a Sils María (Francia, 2014) refuerza esa idea de la espectralidad a través de su tratamiento de los espacios en relación con su personaje: constantemente vemos a Kirsten Stewart mimetizada con el entorno urbano en el que se mueve. Assayas la recoge a través de grandes planos abiertos en los que la actriz se termina por perder en el encuadre, se vuelve invisible a nuestros ojos, como un espectro más de esa cabalgata fantasmal en la que se ha convertido cualquier gran ciudad hoy día. Por otro lado, el magnífico último plano del largometraje, esa mirada directa a cámara de Kirsten Stewart antes del fundido a blanco, lanza directamente una pregunta envenenada (o varias) al observador. ¿Eres tú, que estás ahí, también fantasma?

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¿Acaso lo somos todos? Evidentemente, aquí entrarán en juego las convicciones personales del espectador a la hora de responder y sacar conclusiones. Sin embargo, el realizador consigue que, pese a todo, estas no sean relevantes para el desarrollo y su propia conclusión sobre el relato. La colocación de la cámara en el punto de vista de Maureen obliga a mirar la historia desde su perspectiva, que no es otra que la de una persona que sí cree en esa incidencia de otros planos de la realidad en la nuestra. Por lo tanto, el espectador tiene que adaptar su mirada a la de la protagonista, que indaga, busca o se documenta con videos que hablan de los intentos de contacto con el mundo de los muertos que llevaron a cabo, entre otros, el novelista Víctor Hugo o la artista abstracta sueca Hilma af Klint. En Personal Shopper, por tanto, no importan tanto las convicciones personales de cada observador como sí las del personaje central.

Por otra parte, más allá de la lectura fantasmal, la obra de Assayas ofrece ramificaciones en la interpretación, entre las que destaca su contemplación y denuncia sobre la alienación de la generación millenial (trabajo inestable, ausencia de raíces geográficas debido al movimiento constante, la incidencia digital en el día a día, etc.). Una generación que recoge una lucidísima Kristen Stewart, que ofrece su cuerpo al film para que lleve a cabo una minuciosa exploración del alma. En definitiva, Personal Shopper se articula como un ejercicio de estilo cargado de reflexiones (la pérdida, el duelo, la terrenalidad, la ausencia de amarres) en el que forma y fondo consiguen una simbiosis incuestionable. En este sentido, entran en juego aquí varias secuencias en las que el autor francés muestra su genio cinematográfico: el uso de la profundidad de campo para mostrar la “aparición” y la reiteración y variaciones en la doble secuencia del hotel. Assayas ha creado la que quizás sea la película más arraigada en estos nuevos tiempos de sistemas fantasmagóricos; una pregunta que no cesa, una constante mirada a cámara que se convierte en una interpelación o aviso hacia aquellos que miran (miramos) desde una cómoda posición. Nosotros, los fantasmas contemporáneos.

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