‘La reconquista’, Un recuerdo de juventud

Crítica

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octubre 3 , 2016 / Escrito por Javier Rueda Ramírez / Cine /

‘La reconquista’, Un recuerdo de juventud

La cuarta película de Jonás Trueba está edificada sobre una estructura narrativa de andamiajes sólidos y robustos, pero engalanados con un delicado, cuidado, emocionante y reconocible estilo. Sentido y sensibilidad, se decía. Empieza su película Jonás con una cita del poema Confiado (Juan Antonio González Iglesias): “Pongo el corazón en el futuro. Y espero, nada más”. La referencia sirve para entender los deseos de los dos protagonistas, Manuela y Olmo, pero también al director; él también pone el corazón en su película.

En lo referente a la estructura, tenía que suceder. “La estación de los amores” de Franco Battiato sonaba en su debut, Todas las canciones hablan de mí (2010), Tulsa se convertía en la banda sonora de la road movie Los exiliados románticos (2015), pero es su última película la que emerge como un auténtico musical. Durante la primera mitad acompañamos a esos dos amigos de institutos en su noche de reencuentro. Las canciones que se insertan entre los episodios de la cita nocturna funcionan como líneas de guión que explicitan las emociones de la pareja. Cuando se escucha que “somos siempre principiantes” mientras vemos los silencios y miradas entre Manuela y Olmo, entendemos que todo es posible, que el equilibrio de sus inseguridades se puede romper en cualquier momento. Destaca la elegancia visual con la que Trueba recorre junto a los personajes el encanto del Madrid más callejero. La arquitectura urbanística madrileña siempre ha sido un personaje más de su cine. Un escenario que define las circunstancias del relato. Una hermosísima secuencia en motocicleta (imposible no pensar en el Caro Diario de Nani Moretti) hace girar la película hacia una segunda parte, donde la experiencia del reencuentro activa en Olmo el recuerdo, la emoción, la reconquista…

reconquista

En cuanto a su estilo, el cine de Jonás Trueba recibió desde el principio la etiqueta de ser uno de los más afrancesados del cine español. Cuando Olmo explica que se dedica a la traducción de textos y que para él “traducir es lo mismo que escribir”, también parece hablar el director. Y en efecto, algunas señas de su exquisito estilo (nunca estuvo tan depurado como en esta película) aparecen con brillantez. La simetría de sendos planos-secuencia con que se filma el encuentro y la despedida; primero subiendo las escaleras y luego bajándolas. La planificación con la que se alternan los rostros de los dos protagonistas y el dinamismo que se imprime con ello. La seguridad con la que cámara se mueve dentro de los pubs y (sobre todo) en la improvisada clase de baile. Secuencias que remiten a una autoría propia.

Una de las películas más importantes estrenadas este año, Tres recuerdos de juventud (Arnaud Desplechin, 2015) comparte con ésta tanto argumentos como apuesta estructural y formal. Aunque de una generación superior, la película también rescata el recuerdo de la juventud para revisitarlo en el presente. También en ambas una carta (las circunstancias epistolares en el cine de Trueba) sirve como vehículo emocional. Pero mientras que la última escena de la película de Desplechin desprende rabia, dolor y frustración, Jonás consigue un último plano de gran consistencia emocional pero que mira al frente. La eficacia y sentido de este último plano pone en valor toda la operación anterior: reencuentro, relectura del presente, viraje al pasado, mirada al futuro. Mientras Jonás Trueba continúe poniendo el corazón en las historias que ofrece, su cine no dejará de mirar hacia adelante.

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