‘Señor, dame paciencia’, la enésima reiteración

Crítica

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junio 14 , 2017 / Escrito por Antonio Sánchez Marrón / Cine /

‘Señor, dame paciencia’, la enésima reiteración

Los tiempos pasados siempre vuelven. Unas veces pasan, cuales modas que solo se sostienen en la fe de unos pocos. Otras permanecen, ejercen una actitud remanente que provoca la repetición de gracias, chistes y demás tópicos que proclaman el estado de hibernación en el que se encuentra la comedia española. Señor, dame paciencia ilustra a la perfección ese mal de los libretos que nacen de las diferencias regionales y deportivas de un país que, como se representa justo al comienzo de la proyección, parece no vivir más que para las peleas más triviales y estúpidas posibles.

Los primeros diez minutos de la película pueden calificarse como un goce con el que identificar diversos sucesos de la actualidad patria. Desde los machotes que viven por y para el fútbol y cuya casa han convertido en verdaderos museos de lo deportivamente grotesco hasta la conjunción de prejuicios que existen frente a la naturaleza y opiniones de vascos, catalanes y andaluces. Álvaro Díaz Lorenzo parece ir acertando mientras despliega un arsenal de inteligencia a la hora de abordar lo más casposo de la sociedad española.

Pero Señor, dame paciencia no sufre por los avatares de su guion ya que, terminada la presencia de Rossy de Palma (bravísima) en pantalla, la película se convierte en otra secuela más de las que ya han aparecido en torno a la cinta capital que define este género: Ocho apellidos vascos (Emilio Martínez-Lázaro, 2014). Con el paso de los minutos, la cinta deriva a ese mal que pervierte las películas convirtiéndolas en videoclips, donde una sempiterna banda sonora subraya cada instante, adornándolo de una atmósfera melodiosa que en nada favorece a su resultado.

Los tópicos ya no conducen a ningún sitio. Entre Cuerpo de élite (Joaquín Mazón, 2016) y Villaviciosa de al lado (Nacho G. Velilla, 2016) el conjunto neuronal español ya tuvo su dosis de intensidad cómica. Quizás Señor, dame paciencia acierte a retratar de manera más real todo aquello que apesta en la definición del español de pro. Décadas después, y tal como afirma Enric Albero en Caimán Cuadernos de Cine en su crónica del pasado Festival de Málaga, va a resultar que “Pedro Lazaga y Mariano Ozores eran, en el fondo, unos visionarios”. Que todo permanece en estado de regresión y que, con toda seguridad, para entender el presente hay que volver irremediablemente a definirse desde el pasado.

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