‘Solo el fin del mundo’, el hijo pródigo

Crítica

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‘Solo el fin del mundo’, el hijo pródigo

En una de las secuencias de Solo el fin del mundo, Xavier Dolan introduce, de forma sutil, el estribillo de la canción Are you with me del grupo Lost Frequencies. No lo hace de una forma obvia, ni siquiera aparece en el primer plano sonoro, sino que los versos resuenan mientras los protagonistas hablan entre sí. Mientras conversan sin apenas escucharse, trasladan la pregunta lanzada por Felix de Laet al seno de la familia protagonista. La escena, si bien apenas relevante para la trama, sí lo es para la mirada crítica hacia el conjunto: es la única ocasión en la que el director muestra algo de finura en su composición a lo largo de todo el film.

El sexto largometraje del canadiense bucea en las profundidades de sus tics más reconocibles. Y lo hace hasta el agotamiento absoluto de los mismos. Los ralentíes, la introducción de los gags musicales, la forma de plasmar los recuerdos… En todas las maniobras se reconoce una firma. Sin embargo, la propuesta se cae por su propio peso muy rápidamente. Solo el fin del mundo deviene en una entidad inconsistente a fuerza de gritos y recursos demasiado fáciles (trillados incluso para un autor con solo cinco largometrajes en su haber).

Dolan adapta una pieza teatral de Jean-Luc Lagarce con una puesta en escena pomposa y con una concepción dramatúrgica del espacio. El encerramiento de perfiles chocantes en un mismo entorno remite a las tablas y, además, refuerza la idea de mostrar la familia como una cárcel (algo que, con variaciones, sí ha sido un motivo recurrente en la filmografía del joven creador). Sin embargo, lejos de acariciar la elegancia y sutileza de la que ha hecho gala en otras ocasiones, el artífice de Mommy (2014) se empeña en subrayar la presión y el agobio que sienten sus personajes a través de un dispositivo que perpetúa el primer plano al rostro de los intérpretes, que por si fuera poco no dejan de gritarse unos a otros, componiendo al final un retrato histérico de digestión complicada.

Los rostros que van a ser desenmascarados desfilan por el encuadre con sus manías, sus vicios y sus virtudes. Pero, más allá del presente inmediato, poco sabemos sobre los protagonistas. El director entrega una escritura demasiado esquemática en la presentación y desarrollo de los caracteres principales. Un mero esbozo, casi como excusa. No se proyecta apenas nada sobre ellos, ni sobre sus motivaciones. Ni siquiera se llega a delinear de forma clara el porqué del viaje, origen y clave en el desarrollo de la narración vertebral. Todo se pierde entre los reproches, las voces descarnadas y las escasas mieles del reencuentro familiar, representadas en sendos bailes y edulcoradas como meros videoclips en una hipérbole de estilo de un cineasta que hasta ahora había sabido contener –en cierta medida– o engranar con el relato sus impulsos formales.

Solo el fin del mundo es una de esas películas que confunden intensidad con volumen. Y en esa equivocación pierde todo el potencial simbólico de la obra (que solo recupera en la secuencia final, cuando seguramente ya sea tarde) y, además, despilfarra quilates de talento de un reparto excepcional (Vincent Cassel, Lea Seydoux, Marion Cotillard, Nathalie Baye) al que encorseta en la evidencia de su planteamiento. La nueva cinta de Dolan abruma, pero no por la suculencia de sus virtudes, sino más bien por lo truculento de su disposición.

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