‘El viajante’, una puerta entreabierta

Crítica

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‘El viajante’, una puerta entreabierta

Existen decisiones que responden claramente a la política. En el arte y los premios, también. No sabemos, ni podemos saber, cuánto de movimiento político hay en la concesión del último Oscar a la mejor película de habla no inglesa a El viajante por parte de la Academia de Hollywood. Aunque todo hace indicar que bastante. Lo que sí podemos asegurar es que negarle los méritos al trabajo de Asghar Farhadi, y despojar su galardón de su definición artística, es, además de injusto, falso. Por mucho que a uno le pueda llegar a emocionar, fascinar o volver loco cualquiera de las otras propuestas concurrente.

¡Claro que en El viajante existe cine! El director iraní retorna a la aproximación psicológica que vertebra casi toda su filmografía para narrar, entre muchas otras cosas, la descomposición de un matrimonio que sufre un episodio convulso. Ese edificio en vías de derrumbamiento que actúa como prólogo (rodado con un pulso vigoroso) no es otra cosa que la doble metáfora que cose la trama. El hundimiento de la familia protagónica como reflejo de la decadencia moral de una sociedad de contextos complejos.

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Arraigada en los espacios cerrados que transitan los protagonistas –la casa en la que viven temporalmente y el teatro en el que ensayan–, Farhadi aprisiona a sus personajes a través de las circunstancias y la toma de decisiones. La escritura, premiada en Cannes, conduce al dúo principal por un camino repleto de obstáculos simbólicos: escaleras, pasillos extraños, recovecos, trastos de la inquilina anterior… Todo remite a una carretera de arena y roca, un tránsito árido que va de la aparente comodidad y seguridad del inicio a la fragilidad y la estructura escarpada del tramo conclusivo. Del hogar a la vivienda de paso, de la calma tensa que precede al terremoto hasta la posterior recogida de escombros.

Farhadi rueda con precisión quirúrgica. El cineasta persa compone su puesta en escena como un cirujano. Cada imagen es una incisión concisa con un cometido único y perfectamente delimitado. Cada línea de guion, la sutura que cauteriza la herida. La dirección del autor de A propósito de Elly (2009), con la que guarda aquí similitudes de forma, alcanza un nivel superior en la escena en la que la puerta queda entreabierta, justo antes del pivote argumental que precede al thriller, y en el soberbio recurso de la elipsis posterior. Es imposible decir más con menos. En un solo plano, la cinta se define y recoge todos sus subtextos con sutilidad y elegancia.

Más allá, en la arquitectura de la cinta, destaca la decisión de Farhadi de establecer una narración que se desdobla en varias capas de acción. El espectador es testigo de la realidad de los personajes, pero también de la representación teatral de Muerte de un viajante que ensaya el grupo al que pertenecen la pareja central. Así las cosas, las capas se entrelazan en una danza que las lleva a enredarse, soltarse, agarrarse y volverse a desligar, de la mano del suspense, ofreciendo un discurso sobre los reflejos que pervierten ficción y cotidianeidad desde las dos orillas del espejo.

El guiño a la obra de Arthur Miller le sirve, por otra parte, al creador de Isfahan para trasladar las temáticas del texto dramatúrgico norteamericano al contexto sociopolítico iraní en el que se sitúa su film. Sobre todo el desplome del hogar y la familia que anunciaba aquel, la derrota económica y sistémica (“deberíamos de tirar todo esto y volver a construirlo desde cero”, dice uno de los protagonistas mientras contempla el skyline teheraní) y, como demuestra el calculado tramo de cierre, la ambigüedad moral y ética de la sociedad contemporánea, de sus individuos y de sus instituciones. De lo particular a lo general, un derrumbe que traspasa las paredes de la vivienda y los límites de la escenografía a través de una puerta entreabierta que corta el paso mientras deja pasar.

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