‘La vida de Calabacín’, abismos coloreados

Crítica

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febrero 23 , 2017 / Escrito por Jesús Villaverde Sánchez / Cine /

‘La vida de Calabacín’, abismos coloreados

La animación lleva años deshaciéndose de los mitos y leyendas acumulados, fundamentalmente por desconocimiento, durante décadas. Buena muestra de ello es la categoría de los premios Oscar, tanto de este año como de anteriores ediciones. Allí comparecerá este domingo la producción suiza La vida de Calabacín para disputarle la estatuilla a títulos como las americanas Kubo y las dos cuerdas mágicas (Travis Knight), Zootrópolis (Byron Howard, Jared Bush, Rich Moore) y Vaiana (John Musker, Ron Clements, Don Hall, Chris Williams) o la francesa La tortuga roja (Michael Dudok de Wit), primer largometraje del Studio Ghibli dirigido en Europa. Un catálogo que, sin duda, demuestra la hipótesis inicial.

Claude Barras se apoya en un stop-motion elegantísimo para ofrecer una historia no menos tierna y sutil. Basada en la novela de Gilles Paris, el guion se atreve con una propuesta sobre la pérdida, el duelo y la orfandad. Y lo hace sin perder nunca de vista la complejidad del problema. Con un respeto absoluto y una delicadeza asombrosa y admirable.

calabacin

La escritura de Morgan Navarro, Germano Zullo y Céline Sciamma (!) ahonda en la crisis identitaria de un joven que, tras perder a su madre de forma fortuita, ingresa en un centro de acogida. Un filón para el melodrama que, sin embargo, Barras consigue sortear mediante la mezcla constante de la tristeza inherente a la historia con los toques de humor, la alegría propia de unos niños que no dejan de serlo y la exaltación de la amistad como motor principal. Y entretanto, el cineasta suizo se atreve con mensajes de gran calado sobre la adopción, la culpabilidad, el maltrato o la redención. Pura valentía.

La familia se sitúa siempre en el centro del relato. Tanto en ausencia (la orfandad de todos los niños protagonistas) como en presencia (la familia creada que supone el grupo). La mezcla de sensaciones es una constante en la hora y cinco minutos que dura el largometraje. Una mixtura que también se percibe a través de la misma composición visual de sus personajes que, como escribe Jordi Costa en su crítica para Fotogramas, alude a la apariencia de los dibujos que uno realiza cuando niño. Y sin embargo, la mirada es la un cineasta que se dirige, desde lo más profundo de su interioridad, a la universalidad de la platea. Un cineasta que, inteligentemente, permite a Céline Sciamma (se nota su firma en ciertos tratamientos) asomarse, sin dulzor, al abismo de esa oscuridad de los personajes que ni el tratamiento colorista de fondos y encuadres consigue ocultar. El dolor termina siendo parte de la vida, parece decir Barras, y solo desde el afecto podemos llegar a interiorizarlo.

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