‘Z. La ciudad perdida’, el Dorado emocional

Crítica

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‘Z. La ciudad perdida’, el Dorado emocional

Entre el retrato de la obsesión de Aguirre, la cólera de Dios (Werner Herzog, Alemania del Este, 1972) y la delicada mirada hacia la locura de La folie Almayer (Chantal Akerman, Bélgica, 2011). Sobre esa frontera camina la aventura que propone James Gray en su Z. La ciudad perdida. El cineasta neoyorquino indaga en ambas –locura y obsesión– desde un prisma sosegado, lejos del resultado habitual de aplicar las convenciones. El artífice de Two Lovers (2008) habla sobre ellas, sí, pero nunca se recrea en sus consecuencias. Así, pese a enfrentarse a una historia de grandes proporciones épicas (la búsqueda real del Dorado por parte de un explorador a principios de siglo XX), la última obra de Gray descarta, de raíz, la tentación de la grandilocuencia.

Gray parece dispuesto a ofrecer una aproximación hacia todos los pliegues de la jungla. Hacia las luces y las sombras; hacia la inmensidad y lo minimalista. Su puesta en escena alterna constantemente la mirada íntima del primer plano al rostro con la grandeza inmaterial e incuestionable del entorno, filmado a través de suculentos encuadres abiertos. La narración es sobria y Gray consigue templar el ritmo para ofrecer un acercamiento muy cercano al clasicismo a aquel cine de aventuras ya muy olvidado en las nuevas cinematografías y que, sin embargo, parece todavía sin explotar por la vertiente más autoral pese a sus interminables posibilidades.

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Envuelta en dos capturas (el prólogo y el final), la película de Gray se adentra en las grisuras de la jungla (esa selva que somos cada uno de nosotros) a través de un trabajo de fotografía magnífico. La dirección fotográfica hace transitar a sus protagonistas (aceptables Charlie Hunnam y Robert Pattinson) entre el sueño y el deseo mediante una articulación de la imagen que alude constantemente tanto a la realidad como al espacio onírico. El dispositivo formal de Z. La ciudad perdida devuelve imágenes de un potencial estilístico enorme, como el mágico plano final (espejo mediante) de la capitulación. Una metáfora preciosa con la que Gray dice todo sin evidenciar absolutamente nada.

James Gray parece ensimismado en las dudas de su protagonista. El Percival Fawcett llevado a la pantalla por Charlie Hunnam se debate entre lo familiar y lo profesional. Entre el anhelo de gloria (el Dorado, esa ciudad perdida construida de oro) y el remanso de paz (la familia, al otro lado del mundo). Y por último, entre la curiosidad con la que busca encontrar a esos indígenas (lejos de tópicos y violencias) y el miedo a lo desconocido (más íntimo que explícito). Aquello mismo que es el cine: una mezcla de curiosidad y descubrimiento en la que a veces juegan –a favor o en contra– nuestros propios temores. La máxima virtud del artífice de La noche es nuestra (2007) reside en ofrecer un espacio para que todo se una. Así las cosas, el último tercio del largometraje sirve a su creador para ahondar en sus constantes narrativas (la relación pérdida entre el padre y el hijo), así como para deslizar puntos de amarre para todas las teorías y discursos presentes durante el metraje. Un tramo final que sirve para recoger la siembra. Como extremo del túnel. Todas las teorías, decisiones y correspondencias subterráneas del film emergen en ese epílogo. Tanto la reflexión despojada de subrayados y efectismos hacia el colonialismo como ese elegante mensaje sobre la importancia de los vínculos, físicos y emocionales, tan presente en toda la filmografía de Gray. Esa idea tan peregrina, pero tan tangible, de que a veces las búsquedas materiales esconden todas nuestras desnudeces emocionales.

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