El boom de las familias disfuncionales

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mayo 23 , 2016 / Escrito por Belén Belmonte / Series /

El boom de las familias disfuncionales

La industria seriéfila ha vivido el boom de las historias policíacas, las de poder y política, las médicas y las distópicas, entre otras. Pero también hay un elevado número de ellas que se centran en la familia y sus turbulentas relaciones. Los Simpson, en televisión desde 1989, son el ejemplo más longevo. Si algo distingue las series de hace unas décadas con las recientes son los modelos familiares. Bien las realidades domésticas han cambiado mucho en poco tiempo, bien el tupido velo que solía tapar los trapos sucios ha volado, dejando las vergüenzas ajenas y propias al aire.

Lo normativo no es lo normal: las familias cómplices, buenrolleras, felices y apacibles que protagonizaban series con las que han crecido los millenials -como Siete en el paraíso, en la que hasta el nombre del perro, Happy, desprendía calidez- han dado paso a familias donde la figura paternal o maternal brilla por su ausencia, donde los progenitores no son ejemplo de nada, donde los roles familiares se entremezclan hasta confundirse y donde lo difícil es adivinar cuál de los miembros del clan será el que saldrá mejor parado en las sucesivas temporadas. Son las familias disfuncionales. Son las que protagonizan las series de éxito contemporáneas. El máximo exponente de lo anterior es Shameless. Una familia en la que los conflictos, las conductas reprobables y el continuo abuso del progenitor Frank a sus seis hijos ha moldeado sus vidas hasta el punto de normalizar la inversión de los roles familiares. Los seis hermanos, abandonados por su madre, bipolar y adicta a toda clase de sustancias, se ven obligados a trabajar para sobrevivir desde pequeños, mientras que Frank, comportándose como el miembro más dependiente de la familia, con cero responsabilidades y metiéndolos siempre en líos, se ha dedicado a buscar triquiñuelas con las que cobrar subsidios estatales para tener con qué pagar su larga cuenta de vicios.

Entre el estreno de Siete en el paraíso (1996) y el de la versión americana de Shameless (2011) han pasado 15 años. Durante esta década y media, los modelos familiares de la televisión han experimentado una transformación radical: de la familia como apoyo incondicional para superar los momentos difíciles, a la familia como principal obstáculo y un constante azote para no levantar cabeza. De la madre de Will en El Príncipe de Bel-Air, que saca a su hijo de un barrio humilde de Philadelphia y lo envía con sus tíos ricos, Philip y Vivian Banks, para reformarlo y evitar que se convierta en un chaval conflictivo; a la madre de Christy en Mom, que intenta recuperarse de su adicción al alcohol y a las drogas, al igual que su hija, quien ha seguido el devenir materno. Charlie, en Dos hombres y medio, también es un gran ejemplo del amor por la botella en el seno familiar. De progenitores modelo, como el reverendo Eric Camden, de Siete en el paraíso, cuya intermediación conseguía abordar temas como el alcoholismo, los abusos sexuales o la violencia doméstica, de manera que el espectador pudiese extraer valiosas moralejas; al profesor Walter White de Breaking Bad, interpretado por Bryan Cranston –que también es padre de la extravagante y disfuncional familia de Malcom in the middle-, cuya enfermedad le lleva a corromperse y convertirse en un cocinero de anfetamina para garantizar el bienestar económico de los suyos. Es un personaje que sin duda ha bebido del patriarca por excelencia, y celebridad entre los amantes de las series: Tony Soprano. El gran mafioso de Nueva Jersey en Los Soprano, al que daba vida el actor James Gandolfini, es un padre de familia de moral ambigua y al frente de un clan gánster en el que el matrimonio va a terapia por problemas de comunicación a la vez que se normaliza que su madre y su tío sean sus peores enemigos.

Curiosamente, todo ello sucede mientras los gobiernos de los países desarrollados hacen un paulatino esfuerzo en que se reduzca el consumo de alcohol y drogas entre los jóvenes, en promulgar leyes antitabaco, en invertir en la escolarización de los menores o en ampliar la cobertura de los servicios sociales para familias desfavorecidas. Cualquiera diría que la pequeña pantalla se ha convertido en el vertedero de los malos hábitos.||

Este artículo está disponible exclusivamente en la revista Nº34.

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