‘Feud’ 1×01 – Piloto

Crítica

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‘Feud’ 1×01 – Piloto

“No me mearía encima de ella, ni aunque estuviera ardiendo.” (Bette Davis)

Ryan Murphy, en su condición de creador prolífico, se ha propuesto lanzar al vacío todas las miserias de la Norteamérica que sirve de escaparate desde hace décadas a un mundo presuntamente anclado en las leyes de la civilización. No se habla aquí de su trabajo en American Horror Story sino de las dos cruzadas que ha iniciado para intentar destapar el otro lado, la cara B, de la fama en sus más primigenias acepciones. Ya se pudo ver, en la plataforma Netflix, como Murphy llevó el caso O.J. Simpson hasta una sucesión de diez capítulos donde sus excesos quedaban más al descubierto que la interesante historia que tenía entre manos. Fíjese, si hasta David Schwimmer está imponente interpretando a Robert Kardashian. Por si dudaban de la hipérbole.

Pero ahora, Ryan Murphy está imbuido en su nuevo proyecto. Feud extrae la colada por lavar de dos de las actrices más destacadas de la Edad de Oro del Hollywood clásico. La historia del cine pasa irremediablemente por sus rostros, por sus gestos, por sus miradas, por sus Oscar. Pero también por la rivalidad que, durante cinco décadas, las unió más de lo que pensaron jamás. Como si de una enciclopedia de lo grotesco – entiéndame – se tratase, Feud centrará su segunda temporada nada menos que en el matrimonio entre Carlos de Inglaterra y Diana de Gales. De nuevo, por si quedaban dudas sobre de qué es capaz el bueno de Murphy.

feud

Con unos créditos que caminan por el homenaje a Saul Bass (tal como hicieron Kuntzel + Deygas en la spielbergiana Atrápame si puedes (2002), el director comienza la carnaza de su narración con la férrea presencia de esa gran dama de la pantalla llamada Jessica Lange. Una Joan Crawford que lanza su mirada contra la joven Marilyn Monroe, dedicándole no pocas palabras de rebosante “delicadeza”. Como dirá, minutos después, Hedda Hopper (Judy Davis) “la gente quiere saber qué opina la estrella del ayer sobre la estrella de hoy.” Facturas que pagar, maridos a dos metros bajo tierra y una sola respuesta: “Solo hay sitio para una.” ¿Profético? Muy posiblemente.

Conviene saber a qué se está enfrentando Ryan Murphy. La rivalidad entre la omnipresente Joan Crawford y Bette Davis que dio como resultado que la película de Robert Aldrich ¿Qué fue de Baby Jane? (1962) pasara a la historia como la que contempló en cada uno de sus planos la semántica más pura del concepto de tensión. ¿Cómo saldó la Academia el enfrentamiento entre ambas? Nominando a Bette Davis. ¿Qué fue de Joan Crawford? Davis ya poseía dos premios, Crawford uno. Ryan Murphy utiliza su inteligente mirada para dejar que su narración se frague en torno a qué deseaba la protagonista de Alma en sulpicio Johnny Guitar.

Cuan será el cuidado que el creador expone en su nuevo juguete televisivo que, casi al final de este primer capítulo, se escucha la teoría sobre el nombre del premio de la Academia que menos adeptos ha recibido con el paso del tiempo. Se suele decir que el Oscar recibe su nombre gracias a que Margaret Herrick, directiva de la Academia, encontró un parecido evidente con un tío suyo con ese mismo nombre. Pero Murphy recoge el guante de Bette Davis, quien en su biografía declaró estar segura de haber nombrado ella a la estatuilla al recibir su premio por Peligrosa (1935) al hallar el parecido entre las posaderas de la estatuilla con las de su propio marido en la época, Harmon Oscar Nelson. Y así, con fiereza y de forma implacable, Ryan Murphy se mueve de Crawford a Robert Aldrich (Alfred Molina), quien se encargó de trasladar la novela de Henry Farrell a una gran pantalla que vivió tremendos momentos de gloria con ambas intérpretes. Todo forma parte del mismo show, de un espectáculo que el director ha preparado con precisión para exhibirse, de nuevo, ante los que buscan perspectiva.

La irrupción de Bette Davis no puede estar más cargada de contenido. Representando la obra de Tennessee Williams La noche de la iguana (ya saben, un sacerdote hastiado del mundo – Richard Burton – y entregado a sus vicios se embarca en un viaje turístico hacia lo que se presume como el más absoluto paraíso), la actriz interpretada por la encomiable Susan Sarandon se enfrenta por vez primera a su némesis. En el backstage del teatro, a la sombra de aquello que un día encarnaron. A la luz de la oscuridad de un pasado glorioso buscan la reiteración de un éxito que solo la historia les volverá a conceder.

Sin duda, Feud es una serie para adoradores de mitos. “Hermana, ¿por qué hay sangre en tu pelo?“, rezaba el lema promocional inscrito en el cartel de la película. Un presagio de todo lo que iba a suceder entre dos actrices que perdieron su escalón en el Olimpo pero se esforzaron en recuperarlo. Desconocían que el tiempo iba a juzgarlas, no como la una a la otra ni como William Wyler a Davis. El tiempo y la distancia serían los únicos que sabrían como interpretar una lucha de titanes que nadie en Hollywood quiso perderse. Un capítulo piloto con más cine que cualquiera de las películas estrenadas en los últimos años cuyo tema sea, precisamente, girar la mirada hacia sí mismos. Ha tenido que llegar Ryan Murphy a desnudar la historia. Con excesos o sin ellos.

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