‘Oona y Salinger’, de amor y desengaño

Crítica

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octubre 25 , 2016 / Escrito por Jesús Villaverde Sánchez / Libros /

‘Oona y Salinger’, de amor y desengaño

oonaUna de las mejores definiciones del desamor que se han escrito la firma Jean-Philippe Toussaint en La verdad sobre Marie. El autor belga comienza su novela con la siguiente frase: “Más adelante, al rememorar los lúgubres momentos de aquella tórrida noche, caí en la cuenta de que Marie y yo habíamos hecho el amor en el mismo instante, pero no juntos.” Prometedor inicio que, además, da pie a la descripción del amor desavenido que vertebra la obra de principio a fin.

En una línea similar, Frédéric Beigbeder se abraza a uno de los romances más ocultos y bellos de la historia del star system. O de lo que, al menos, se podía entender como aquello en el Nueva York de finales de los años 30. Cuando J. D. Salinger aún no era Holden Caulfield ni Oona O’Neill acompañaba a su flamante marido Charles Chaplin. En ese espacio propicio aún para la ternura propia de la adolescencia, Oona, hija del laureado Eugene O’Neill, conoció al que años después sería uno de los máximos exponentes literarios del siglo XX. Y se enamoraron de forma breve, pero intensa.

La curiosidad de Beigbeder y, como el mismo reconoce, su admiración por el novelista hicieron el resto. Con el pretexto de una correspondencia mantenida por los enamorados, mientras Salinger combatía en Normandía, y que los herederos de Chaplin, entonces ya casado con ella, nunca han querido revelar, el escritor francés indaga e imagina cómo fue aquella relación de juventud. Y lo hace desde una perspectiva que aborda tanto la ternura propia de la edad temprana, pero también desde el desencanto profundo que siempre ocasiona el primer amor. Tanto es así que existen lenguas que aseguran que fue la misma Oona la musa que sirvió a Salinger, en silencio y desde la memoria, para la escritura de El guardián entre el centeno. Dicen que uno nunca deja de querer y recordar al primer amor.

El artífice de Una novela francesa establece un juego de introspección hacia los personajes a través de un ejercicio de rellenar vacíos. Y entretanto consigue ofrecer una panorámica de relevancia sobre una época de incertidumbres, el periodo de entreguerras y el mismo conflicto, que a la postre se han convertido en uno de los grandes hitos del siglo pasado. De esta forma, Beigbeder fabula tanto sobre la relación mantenida entre Salinger y Oona, a través de la que da voz también a otros personajes como Truman Capote –y su suerte de rivalidad latente con Salinger– o Gloria Vanderbilt, como sobre el devenir y la composición de lugar de una época negra para la Historia universal, en la que también entran en juego otros caracteres fuertes como el de Ernest Hemingway.

Tan alejada como cercana a la realidad, Oona y Salinger es una pieza que, de tener que encajar a la fuerza en alguna categoría, podría hacerlo en la non fiction novel que puso en liza el propio Capote. El ejercicio supone una caminata sobre el alambre que separa realidad y ficción. Así lo reconoce el creador en el prólogo: “Este es un libro de pura facción. Todo en él es rigurosamente exacto: los personajes son reales, los lugares existen (o han existido), los hechos son auténticos y las fechas son todas ellas verificables en biografías o manuales de Historia. Lo demás es imaginario, y por este sacrilegio ruego a los hijos, nietos y bisnietos de mis protagonistas que disculpen mi intrusión.” Quizás por eso, pese a ser el trabajo menos autobiográfico (y personalista) del autor, este todavía se sigue colando por los resquicios para hablar de sí mismo y de su propio proceso creativo. Al final, aquello de que uno siempre escribe sobre sí mismo es incluso más verdadero cuando se trata de Beigbeder.

Así, tal vez el despecho de Salinger le sirva al novelista como alguna especie de placebo o mensaje lanzado en una botella. O quizás las bellísimas palabras que pone en boca de Salinger (“Cuando Oona sonreía, con los párpados entornados, uno dejaba de oír el griterío”) las dirija en alguna dirección que solo él conozca. El amor (y el desamor) es algo tan universal que todos tenemos nuestro Salinger o nuestra Oona. Sin embargo, también es posible que el ex publicista tenga razón cuando dice que “el amor recíproco es dichoso, pero vulgar” mientras que el “cortés es doloroso, pero noble”. En esta novela, Oona es símbolo del primero junto a Chaplin y del segundo –cronológicamente anterior– al lado de Jerry. Dos amores superpuestos en los que se puede leer toda una vida. La vida que terminamos viviendo todos.

Oona y Salinger. Frédéric Beigbeder. Anagrama, Panorama de narrativas. Traducción de Francesc Rovira. 296 págs.

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