[SEFF’17] Sevilla Festival de Cine Europeo 2017 – Selección EFA y Special Screenings

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noviembre 9 , 2017 / Escrito por Antonio Sánchez Marrón / Cine /

[SEFF’17] Sevilla Festival de Cine Europeo 2017 – Selección EFA y Special Screenings

Jupiter’s Moon (★★★)

Europa. Una de las lunas de Júpiter que alberga la posibilidad, remota, de albergar vida. Europa. Lugar de esperanza para miles de personas que cruzan sus fronteras en busca de alguna posibilidad, remota, de lograr una vida mejor. El director húngaro Kornél Mundruczó expone el concepto de milagro con una película técnicamente incuestionable pero con evidentes ínfulas narrativas que sobrepasan la línea que proporciona el equilibrio.

Jupiter’s Moon tiene como protagonista a Aryan, un joven inmigrante sirio que atraviesa la frontera hacia el continente europeo esperando refugiarse de la violencia que vive su país de origen. Al cruzar, dos disparos acaban con su vida. Pero esas balas le proporcionan la capacidad de volar, de levitar, de elevarse hacia los cielos haciendo que todas las miradas arriben sobre su increíble don. En cierto momento de la trama, Mundruczó (quien ya presentó en Sevilla con notable éxito White God, su anterior película) nos recuerda que es hora de mirar hacia algún lado que no sea el horizontal. La obligación de mirar hacia arriba, buscando la fe de Dios, la luz del sol o el relajo que proporciona el azul del cielo y que convierte en auténticos los actos humanos de cualquier naturaleza.

El cineasta ejecuta un bravísimo ejercicio donde técnica supera con creces al contenido. A base de planos secuencia sostenidos en dos rostros rabiosos de tensión, perversiones constantes de los ejes visuales y un fiel posicionamiento de la cámara hacia los gestos y miradas de Aryan y el doctor Stern, ambos catalizadores de una violencia social a nivel continental. Una esquina del mundo que vive bajo la sombra de la sospecha, que mira con recelo al vecino, que es incapaz de encontrar un hálito de esperanza entre tanta tristeza, conflicto e indiferencia mutua. Una película que, pese a sus excesos (que son demasiados), resulta inquietante y definitoria. Necesaria, al fin y al cabo.

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The Square (★★★★)

Pecar de ignorante, quizas querer ir de listo, comportarse como si la razón pura fuera propia y adueñarse de ciertas maneras con el fin de crear una sarcástica obra que arramble con los conceptos que manejan aquellos que se dedican a contextualizar y dar forma a los bienes muebles que construyen las estructuras del arte moderno. The Square es una ejemplar forma de tomarse la justicia por su mano cuando, lo único que queda ante la postura y la ausencia de lo inteligible, aparta al ser humano de sus capacidades para entrar en algo al alcance (acordado, claro) de unos pocos.

La Palma de Oro del pasado Festival de Cannes no arremete contra los artistas que se circunscriben al arte contemporáneo. Asalta a cuchillo a todos aquellos que albergan esas obras y las dotan de un sentido que ni ellos mismos conocen. Ruben Östlund juega a angustiar, a agobiar a su personaje protagonista (imperial Claes Bang) a través de un descenso a los infiernos que deja cualquier movimiento errático cotidiano en un simple esperpento. The Square se construye con respecto a un arte que termina volviéndose contra esa élite anclada en un movimiento que tipifica más su interés por el manejo a nivel experto del diccionario de sinónimos y antónimos.

The Square es certera, angustiosa, incómoda. Pese a su conclusión, más indeterminada y arrítmica con respecto a los dos actos que le preceden, Ruben Östlund vuelve por determinados caminos que le llevaron en su anterior obra Fuerza mayor (Giraldillo de Oro y premio al Mejor Guion en Sevilla en 2014). Un objetivo perenne en destripar a la burguesía acomodada en sus propios términos y despojada de elementos que la acerquen a la identificación más social, impidiendo una comunicación esencial entre clases. Östlund vuelve con más fuerza. Más obvio, sí. Pero con el cuchillo bastante bien afilado.

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Happy End (★)

Estábamos bien acostumbrados al mordiente de Michael Haneke. Hasta que, de repente y sin avisar, se olvidó el puñal y nos dejó sedientos de esa fina línea que separa la violencia con la que ha venido retratando la condición humana desde que alumbró sus primeros proyectos. Happy End se convierte en una secuela espiritual de Amor (2012) con la que Jean-Louis Trintignant y Emmanuelle Riva lograron definir el ocaso vital y las dudas ante su resolución, donde Haneke practicó con su habitual cirugía una intervención ante lo que significaba eso de “amar”.

Su última película, protagonizada (de nuevo) por Jean-Louis Trintignant e Isabelle Huppert, incorpora a Mathieu Kassovitz y Toby Jones como partes integrantes de esta presunta incisión en la incomodidad que provocan ciertas decisiones en el ordenamiento familiar de las clases altas. Pero Haneke a perdido su mordiente. Estábamos muy por la labor de que, cinco años después de Amor, el cineasta austriaco volviera a generarnos una tensión emocional suficiente como para que su legado no quedase tan empañado tras una sucesión de tantos y tantos momentos de incómoda y morbosa liberación emocional.

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Sin amor (★★★★)

Queda claro que el cineasta ruso Andrey Zvyagintsev ha decidido equilibrar su cine. Tras ejercicios de plomo, curtidos en mil batallas, como El regreso (2003) o Elena (2011) el director decide entregar su particular oda al caos ruso (Leviatán, Mejor Fotografía en el SEFF 2014) antes de introducirse en el más absoluto y definitorio drama familiar. Con Sin amor, Zvyagintsev sigue a un niño que decide huir de la batalla que mantienen sus padres. Con apenas un par de planos, a la manera del cineasta, la película va mutando en un angustioso infortunio plagado de malos actos y peores palabras.

El cineasta es consciente de que el equilibrio de sus películas debe llegar, si bien permanece lejos de lo que significó Elena, en que la balanza entre estilo y narrativa quede igualada. Si en Leviatán la historia permanecía sujeta a los designios estilísticos del director, Sin amor ejecuta su fuerza en los rostros de todos los personajes. Zvyagintsev ha encontrado la horma de su zapato y ha logrado crear una obra compleja, rica en fondo y forma.

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El sacrificio de un ciervo sagrado (★★★)

Tan esperadísimo como decepcionante. Yorgos Lanthimos y Efthymis Filippou escriben El sacrificio de un ciervo sagrado realizando un viaje interior hacia las raíces de la culpa, de la misericordia y los remordimientos. Sin embargo, la película consigue exasperar en demasiados momentos gracias al uso de consideraciones técnicas (zoom, travelling, ópticas) de dudoso encaje con la trama. El sacrificio de un ciervo sagrado contiene a uno de los personajes masculinos del año, el inquietante joven que encarna Barry Keoghan y al que Lanthimos concede toda la importancia que precisa en los momentos en que la película, irremediablemente, se le va de las manos.

A través de una lectura que bebe de tradiciones clásicas de la cultura grecolatina así como la posterior identificación con sustantivos de corte cristiano, Lanthimos se abandona a referentes con los que aterrizar de manera definitiva en Estados Unidos. Aquí ya no es como Langosta, cuando su cine todavía se atisbaba en unos terroríficos planos fijos ante los que no cabía nada más que aguardar la llegada del pánico. Llega a Estados Unidos con los determinados ganchos para un público que demanda carne europea a la que poder moldear. Entre Kubrick y Haneke anda la historia. Con todas las de la ley. Pero, de ambos, solo ha habido uno. Y las comparaciones son odiosas. Queda certificar que Colin Farrell y su vello facial interpretan mejor que el rostro en solitario del actor irlandés. Gran noticia.

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El autor (★★★)

Entregado y excesivo. Javier Gutiérrez se muestra inmisericorde con aquellos que le rodean con el fin de crear el esquema narrativo deseado. Su profesor en un taller de escritura (Antonio de la Torre) le pone contra las cuerdas. Y decide ayudar a su mente con la mejor fuente de inspiración posible: la realidad. Manuel Martín Cuenca lleva al límite a su protagonista en El autor, basada en uno de los relatos de los que se compone la novela de Javier Cercas El móvil.

Una realidad deformada, deconstruida en diversas fases con las que Gutiérrez deja de medir el alcance de sus actos para abandonarse a lo que él mismo ha provocado. Incluso cuando ya no hay marcha atrás. Martín Cuenca omite ese estilo de pasos silenciosos que hicieron de Caníbal (2013) un ejercicio casi magistral para dejar que guíe sus pasos un protagonista al que por momentos se le percibe el exceso. Pero, al fin y al cabo, la vida es eso. Apartar la rutina y abandonarse al exceso. Los que puedan hacerlo, claro.

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Oro (★★)

Agustín Díaz Yanes adapta un relato inédito de Arturo Pérez-Reverte para una película que, afortunadamente, no decide perderse en vericuetos que no conducen a ningún sitio, a lugares por los que caminar sin rumbo alguno. Oro es la antítesis a lo anterior. Con decenas de personajes buscando un objetivo común, con un egoismo y un ansia de fortuna y gloria (que diría Indiana Jones) definitorios de una época cuyos vestigios aún no parecen superados.

Pero, ¿qué convierte a Oro en una película insuficiente? Quizás la escasa mano con un guion que apenas concede más carácter a sus personajes que el de expresar su procedencia y, en base a ello, morir. Morir continuamente. Sin dejar nada a la réplica o a una narración más motivada de un quién, cómo o por qué. Oro es irregular. Por momentos, todo se envuelve en una incómoda oscuridad, dejando que el sonido imagine situaciones que dejan de ocurrir. Javier Limón, compositor, devuelve el orden al caos. Se puede decir que Oro tiene muchas más cualidades positivas que Alatriste (2006), en la que todo escapaba al concepto mismo del control. El intento fue loable. Pero a Díaz Yanes le pudo la ambición. En Oro hay menos de improvisación, más seguridad. Pero las dudas siguen estando latentes.

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