[SEFF’17] Sevilla Festival de Cine Europeo 2017 – Sección Oficial

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noviembre 9 , 2017 / Escrito por Antonio Sánchez Marrón / Cine /

[SEFF’17] Sevilla Festival de Cine Europeo 2017 – Sección Oficial

Tierra Firme (★★★)

Tras aquel puñetazo en el estómago titulado 10.000 Km. Carlos Marques-Marcet vuelve a retratar la humanidad bajo los rostros de Natalia Tena, Oona Chaplin, David Verdaguer y Geraldine Chaplin. Entre los cuatro crean Tierra Firme, un homenaje a los lugares físicos donde se toman las decisiones y donde la seguridad personal queda (o no) en entredicho. Tres personajes y una madre. Una pareja que desea tener un hijo. Y un amigo que acude de visita y acaba siendo el detonante de una catártica relación plagada de emociones.

Las lágrimas toman protagonismo casi con la misma intención capitular que posee la estructura de la película. Tierra Firme es tan cotidiana como especial. Tan emotiva como normalizada. La identificación con los rasgos, personalidades, deseos, odios y virtudes (también defectos, oiga) de cada uno de ellos definen a la perfección cualquier relación humana. Y es ahí donde Marques-Marcet acierta de pleno. Pesa el referente. Injusta comparación. No tienen nada que ver, a priori. Tierra Firme muta conforme la comedia de la vida va descorriendo la fina cortina que separa la carcajada de la lágrima.

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Bajo la piel de lobo (★)

Fuera de competición, Samu Fuentes presenta Bajo la piel de lobo. Mario Casas, Irene Escolar y Ruth Díaz recrean, en un paraje situado en la provincia de Huesca, la vida normal de unos habitantes perseguidos por su propio entorno. Fuentes cuida con mimo los paisajes, la luz, la incidencia de aquello que exalta la naturalidad en sus personajes. Pero tanta delicadeza termina por pasar factura.

El paso de los minutos comienza a ralentizarse. Ni el evidente comportamiento machista del personaje de Mario Casas ni la reacción de las afectadas juega en favor de un punto de vista perdido desde los primeros minutos de metraje. Si ellas hubieran sido las verdaderas protagonistas y su lucha la verdadera razón de ser, Bajo la piel de lobo hubiese completado una narración más cohesionada. En su lugar, queda disfrutar de la habilidad del director para crear personajes a través del propio paisaje. Quizás una de las cuestiones más peliagudas de la puesta en escena cinematográfica. Y sí, poco más.

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Zama (★★★)

La cineasta argentina Lucrecia Martel presentaba en la competición oficial del Festival de Sevilla su último largometraje. Zama evoca, a través de planos que desmienten de forma constante el cine de aventuras tal y como se conoce a la manera “occidental”, el ocaso de un imperio, la deconstrucción de las fórmulas que llevaron a los conquistadores españoles y portugueses (en este caso) de medio mundo conocido.

Zama tiene como principal valedor a su protagonista, un Daniel Giménez Cacho que despierta la atención ante un devenir incierto. Un destino que no llega, una curiosidad de no termina de saciarse. Su mundo se viene abajo sin poder remediarlo. No es sometido a afrentas. Ni siquiera le vemos batirse en duelo. Nada que destruya la figura elegíaca, casi quijotesca, de este peculiar voyeur de las Indias. Un mirón, sí, que contempla el paso del tiempo sin que pueda hacer nada contra su peor enemigo: la soledad.

Adaptada de la obra homónima de Antonio Di Benedetto escrita en 1956, Zama construye un universo perfecto, paradisíaco. Martel utiliza el sonido como la excusa necesaria para realizar una arquitectura histórica merecedora de elogio. Zama es única en su especie. Extraña, inclasificable. Pero viva, plagada de reflexiones y de crescendo emocional.

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Les gardiennes (★★)

Xavier Beauvois (De dioses y hombres, El precio de la fama) regresa al certamen hispalense con su última película, Las guardianas. Una historia sobre las mujeres que permanecen esperando el regreso de sus seres (masculinos) más amados de los distintos frentes que conformaron la Primera Guerra Mundial. Beauvois reparte la narración a lo largo de los cuatro años que duró la contienda.

Más de dos horas donde el cineasta trata de dar respuesta a las cuestiones que atañen a la responsabilidad de aquellas mujeres con su hogar, con su vida, con su familia en ausencia de quien la época había querido que fuera quien detentase el poder. Ellas se convirtieron en los auténticos motores de una época de espera, de silencios. Beauvois se luce en determinadas escenas en las que la cámara es observadora neutral de una época. Pero el cineasta vuelve a medirse contra su peor enemigo: el tempo.

La construcción y la delicadeza con respecto a los personajes está lejos de ser algo bien medido. Pese a un comienzo, por méritos, purificador el director se va entregando progresivamente a la excesiva contemplación que la belleza de sus imágenes le proporciona. Pero no calcula la medida del necesario equilibrio que merecía una película con una trama tan potente como Les gardiennes.

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Tierra de Dios (★★★)

El amor prohibido. La importante visibilidad y normalización de aquello que se ha creído pecado, fruto de la libido más inoportuna así como de ríos de tinta que han plagado páginas de la historia más absurda del ser humano. La intolerancia, el odio, el castigo o incluso la muerte. La homosexualidad en el cine ha ido transcurriendo desde momentos de excusa y sorna hasta una pretendida (por oficio necesaria) e importante exhibición.

Más allá de las vertientes menos catárticas se encuentran las películas que tratan la homosexualidad desde el prisma de la más absoluta cotidianeidad. Desde la normalidad de una cuestión que ha sido atacada durante décadas. Tierra de Dios es precisamente eso. A través de cuatro personajes, tres generaciones de una pequeña localidad de Escocia, el debutante Francis Lee dibuja la llegada de un joven rumano en busca de trabajo hasta una granja regida por un hombre con escasas facultades físicas, su incombustible madre y un hijo con la mente en cumplir una lista merecida de pulsiones.

A ojos de esa abuela (y los objetos que encontrará en la casa en la que conviven) el joven Johnny es un díscolo bebedor, reservado aunque consciente de sus necesidades. Su vida se pondrá a prueba en el momento en que Gheorghe irrumpa en su vida. Llegará un enamoramiento que jamás habrá conocido, unas relaciones sexuales inéditas y unos sentimientos que el director explorará con contención y cercanía.

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Corazón puro (★★★)

Roberto De Paolis comienza y finaliza su narración de la misma forma. Una carrera, una persecución. Los dos protagonistas huyen el uno del otro al comienzo. Y en la conclusión, el uno se dirige hacia el otro. Cuestión de encuentros y desencuentros. Corazón puro acuña términos e ideales encerrados en la concepción máxima de la pureza católica, el celibato y la castidad hasta el matrimonio. “El Señor te vigila”, decían. “Pero su misericordia es grande”, repetían.

En Corazón puro es una joven de 18 años la que es puesta a prueba. En un primer momento por una madre controladora, guardiana de la fe y de los malos pensamientos. El director no le otorga la capacidad de raciocinio que sí encontramos en otras películas que versan, más que menos, acerca de las mismas situaciones. A los 18 años no se tiene raciocinio alguno. NI se necesita. Hay un deseo de descubrir, de divertirse, de lograr que nada ni nadie importe más de lo necesario. Y es el momento de conocer el primer amor, de la diversión de probar algo que jamás había imaginado. Y es que la Iglesia también tiene una definición para divertirse. “Jesús es un GPS. Siempre te coloca en el camino correcto”. Y su protagonista hace caso a ese navegador.

Corazón puro tiene visos de gran cine. En ciertos momentos, el director renuncia a ellos por querer parecer más trascendente de lo que realmente su historia puede dar de sí. Sin embargo, los aciertos son más numerosos que los fallos y la película incluye secuencias que podrían funcionar como una perfecta descripción de la Europa del siglo XXI. Acomodada en su sillón, pasando hambre pero mirando con recelo a aquellos que están detrás de vallas y fronteras. La vida misma, sin ir más lejos.

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Ramiro (★★★)

Ramiro vive en Lisboa, en uno de los barrios decadentes de la capital portuguesa. Regenta una librería de segunda mano. Apenas entra alguien que muestre interés en la totémica biblioteca que conservan unas estanterías ajadas, plagadas de polvo y entre las que se encuentran manuales de la más diversa índole. Ramiro escribe, un día tuvo la ocasión de ser un escritor con mayor o menor éxito. Pero los tiempos pasados nunca fueron mejores. Su bloqueo, retratado con viveza por Manuel Mozos, construye la razón de ser de una película que confirma el buen estado de forma del cine portugués.

Con unas relaciones completamente disfuncionales con aquellos que le rodean, Ramiro va sorteando los avatares que la vida le va interponiendo, claves para descifrar la solución a su bloqueo, una telenovela que parece no tener fin. Un melodrama servido entre carcajadas y lágrimas, entre los que están a punto de irse y los que llegan a un mundo completamente desabastecido de educación y la más mínima cultura. Ramiro es una película pesimista, triste, que respira la más cruel de las fotografías de una sociedad tan decadente como aquello que retrata.

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Barbara (★★★★)

Ofrecer un retrato de la inmortal cantante y compositora Barbara era una empresa complicada. Cayó en manos de Mathieu Amalric y éste, gran aficionado a retratar en sus películas (TournèeLa habitación azul) la descomposición de los procesos creativos encontró una vía para poder expresar de nuevo sus inquietudes con la definición de los distintos tipos de arte que ha abordado en su filmografía como director.

Barbara, además, contiene la que con toda posibilidad sea la interpretación femenina de este festival. Jeanne Balibar, con quien Amalric ha compartido diversos aspectos de su vida durante años, construye una mímesis incomparable con el personaje real. Para ello, el director hace confundir los géneros, deconstruye los formatos y crea un ejercicio de meta-cine de una altura casi magistral. Por momentos, Balibar es Barbara. Y Barbara es Balibar. Cada gesto, mirada, el propio uso de la voz. Todo ello introducido con las referencias necesarias que marca el rigor. Jacques Brel, Georges Brassens o la diva Sylvie Vartan. Barbara es una película que se vuelve imprescindible para comprender un momento muy puntual de un determinado momento de creación del ingente arte musical. Y Amalric acierta de pleno.

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A Ciambra (★★★)

Basada en un cortometraje que Jonas Carpignano (Mediterranea) realizó en 2014, A Ciambra es un retrato de como un joven debe enfrentarse a la ausencia de la persona que ha escogido como modelo a quien parecerse y que ahora lleva una vida de encierro por actividades nada recomendadas. El director vuelve sobre los pasos de su anterior largometraje y retorna a mostrar la preocupación por uno de los problemas que Europa considera prioritarios en su agenda: la inmigración y sus consecuencias en la sociedad que acoge.

A Ciambra es un trabajo de iniciación, de búsqueda de la identidad en mitad de un océano de conflictos. Entre L’intrusa y ésta existe una relación que se sustenta en los muros que separan la realidad de las calles de las realidades que sirven como salvedad al peligro. El joven Pio, a sus 14 años, siente que debe tomar las riendas de su vida. Y también de las de los que le rodean. En mitad de esta familia romaní, Pio tendrá que vérselas con la realidad de la violencia, el robo, la mafia (a quienes se dirigen como “los italianos“, despojándose ellos mismos de toda connotación) o las lágrimas cuando todo parece devolver a Pio la noción de sus catorce años. A Ciambra es un trabajo casi redondo aunque plagado de subrayados y un simbolismo que sirve lo mismo de acierto que de excesiva actitud manipuladora. Pero vuelve a triunfar la obsesión realista por encima de las cuestiones extracinematográficas. Y eso, mal que pese, es todo un logro.

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Un sol interior (★★★)

Juliette Binoche protagoniza la última película de Claire Denis. Un sol interior va mutando su piel, transcurre a través de la fina línea que separa el drama de la comedia más incómoda. Hay una intención ciertamente cómica en lo que le sucede a Isabelle. Pero esa aparente felicidad buscada y constantemente impuesta con la finalidad de tapar las carencias de una vida se convierte en una triste búsqueda de la identidad personal. No de un conocimiento identitario como tal. Sino de algo que muchas personas consideran el verdadero germen de aquello en lo que creen. Hablamos, por supuesto, de eso llamado amor.

Claire Denis va desplegando el pensamiento de su protagonista. Va buscando aquello que desea en diversas figuras masculinas con las que, a través de encuentros sexuales o simples conversaciones, intentará devolverse a sí misma la fe en aquello que perdió. No es hasta los últimos minutos, en un tercer acto que se prolonga incluso más allá de los créditos finales, cuando aparezca un contrapunto perfecto a aquello que intenta localizar. Tan determinante serán los diálogos que Juliette Binoche interprete como los que le oponga el personaje de Gérard Depardieu. Cuando la película parece que ha entrado en un punto de no retorno, Denis recuerda al espectador que siempre hay alguien que ha decidido creer en aquello que no le conviene en absoluto. Y, entonces, no hay nada más que hablar. Solo queda estar y mostrarse “open“.

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Winter Brothers (★)

Hlynur Palmason traía la apuesta danesa para esta edición del Sevilla Festival de Cine Europeo. Winter Brothers inspiraba poca confianza, para ser totalmente sinceros. Pero aun así, había que mostrarse abierto de miras y con la mente dispuesta a empaparse de cine nórdico. Lo que parecía una apuesta segura, algo que suponía un conflicto abierto entre dos hermanos en permanente batalla campal, dialéctica y psicológica, se tornaba en un ejercicio experimental con demasiadas expresiones desajustadas y una trama imposible de organizar en algo que rindiese cuentas a la lógica.

Winter Brothers venía con credenciales. El Festival de Locarno decidió premiar a su protagonista, Elliot Crosset Hove, por la creación de un personaje tan infantil, inmaduro y falto de miras que en él deposita el director el peso de una película que transita por demasiados lugares comunes, que evoca a una era post-industrial donde la nieve ha cubierto la superficie y los que quedan vuelven a luchar por aquello que en su día significó el origen de toda una especie.

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